Octavio y Cardenio son dos hermanos siameses. Comparten mucho más que algunos órganos: su vida en un pueblo polvoriento junto a la carretera, el fracaso escolar, las miradas de las viejas y las tardes en el tranque donde dicen que acecha el cuero. Aunque son dos personas distintas y uno de ellos es más temeroso, también comparten un sueño.
Con crudeza y ternura, el escritor chileno Joaquín Jiménez narra a dos voces —en un mismo cuerpo— el ascenso de los hermanos al cerro Challay, donde una bruja les indica que es posible la separación. Se habla de mandas a un Cristo negro, se habla de ofrendar sangre, se habla de una huaca donde los incas hacían sacrificios y veneraban al sol.
«¿Dónde empiezo y termino yo? ¿Dónde empieza y termina mi hermano? ¿Y si lográramos cortarnos en dos, qué pasaría? ¿Dejaríamos de ser hermanos?».





