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Adelanto de la novela Tony Ninguno de Andrés Montero

Después recordé que ya lo había visto desde el aire, mientras volaba de un trapecio a otro. Había divisado sus ojos absortos en mi vuelo, en mis manos seguras, en el traje brillante que destellaba hacia sus ojos mudos por mi vuelo, por mi cuerpo suspendido en el aire, por mi cuerpo suspendido en el tiempo. Estaba sentadito al lado del árabe, pero parecía querer elevarse conmigo, porque alzaba el cuello como si intentara volar, también él.

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Adelanto de la novela De una rara belleza de Simón Ergas

Eran las 6 de la mañana cuando sonó mi celular. La primera llamada la rechacé descolocado, me había quedado dormido viendo una película en el notebook y no entendía qué hacía ese aparato en mi cama ni por qué sonaba el teléfono a esa hora. No estaba preparado para contestar. No estaba preparado para nada de lo que ya había pasado. El sol todavía no asomaba cuando volví a oír la llamada. Atendí y la voz de Samy, hermano de mi abuela, me comunicó que otra vez había venido eso que se lleva a las personas.

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Adelanto de Poema de Chile de Gabriela Mistral

Hallazgo

Bajé por espacio y aires
y más aires, descendiendo,
sin llamado y sin llamada
por la fuerza del deseo,
y a más que yo descendía
era mi caer más recto
y era mi gozo más vivo
y mi adivinar más cierto,
y arribo como la flecha
éste mi segundo cuerpo
en el punto en que comienzan
Patria y Madre que me dieron.

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"Todo el amor del mundo" de Margarita Dittborn Leer más...

Adelanto de Lo insondable de Federico Zurita Hecht

Mi muerte (y esto es algo que hoy, ya fuera del tiempo, yo, nombrado René Andrade en alguna época, puedo fingir que cuento con serenidad) llegó inesperadamente una tarde a comienzos del otoño de 1955, luego de despedirme de Catalina Mújina, mi novia ya desde hacía tres años y compañera, por igual tiempo, en mis estudios de Lenguaje y Literatura, con quien había pasado aquel día un agradable rato en el viejo Café San Marcos, cercano al campus. Discutimos, eso sí, pero aquello era un juego que acompañaba nuestro tiempo compartiendo el chocolate caliente y los bizcochos. Discutimos (y reímos por eso) sobre el hipotético destino que tendrían nuestros también hipotéticos hijos, personas vigorosas que vivirían doscientos años, que es el tiempo que necesita alguien para acercarse al conocimiento de algunas verdades, el tiempo que, creí en vida, necesitaban las naciones para aprender a recibir los golpes de las fuerzas de la historia, y comenzar una mejor historia con menos golpes. Pero no viví doscientos años ni vi a mi nación cumplir tal edad.

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