“Libro revela montones de leseras que día a día hacen la vida imposible” por Leonardo Sanhueza en Las Últimas Noticias 28/08/2017 – Publicado en: Prensa

Fuente: LUN

La singular propuesta librera de La Pollera Ediciones, que en pocos años de vida ya ha consolidado un catálogo en que se entrecruzan publicaciones de jóvenes autores con valiosas piezas de recuperación literaria –varios inéditos de Juan Emar, por ejemplo, o la extraordinaria pero hasta hace poco ultrasecreta obra de José Edwards, o la edición más completa disponible hasta ahora del Poema de Chile , de Gabriela Mistral–, permitió por añadidura un curioso encuentro creativo entre uno de sus editores, el escritor Simón Ergas, y el ilustrador Rafael Edwards, que había colaborado con sus ilustraciones en algunos de los libros del sello.

El producto de ese trabajo conjunto es el libro de cuentos breves Delitos de poca envergadura , publicado justamente por La Pollera con su excelencia gráfica característica, en el que Ergas y Edwards han salido de las bambalinas editoriales para lanzarse en una aventura de activa cooperación autoral.

El origen de este proyecto artístico-literario, según contó Ergas hace un tiempo en Radio Universidad de Concepción, se remonta al día en que Edwards subió a Facebook un dibujo en que aparecía “un tipo con cara de malo subiéndose a la micro por detrás”, imagen que el artista comentaba con el texto “delitos de poca envergadura”. A partir de ese detonante, escritor y dibujante se lanzaron a componer los poco más de 40 relatos ilustrados que constituyen el libro, todos centrados en situaciones más o menos cotidianas de ese tipo, en que la gente se ve envuelta en enredos insignificantes o comete pequeñas transgresiones que, sin embargo, pueden modificar su vida por completo.

Los cuentos –muy cortos: entre una y cuatro páginas– conforman un muestrario tragicómico de las costumbres contemporáneas a que obliga el funcionamiento de la sociedad actual, en la que los sujetos se ven forzados a cumplir cantidades de ritos y trámites que, vistos con algo de distancia, resultan absurdos o completamente estúpidos. Ergas y Edwards desarrollan esas situaciones hasta llevarlas a su extremo dramático o grotesco, de modo que el papeleo cotidiano, las prohibiciones en el estadio o el celo de los funcionarios de aduanas detonan consecuencias ridículas o pesadas calamidades.

Así, una mujer es condenada a permanecer en un fantasmal purgatorio subterráneo por haber perdido el ticket del estacionamiento, un fanático de las hamburguesas se lleva la impresión de su vida por ingresar al lugar donde entra “sólo personal autorizado” y un joven se olvida de postergar el servicio militar y desata un espectacular o sólo imaginario operativo armado. Son historias que muestran cómo todas las personas se comportan como delincuentes “de poca envergadura”, impulsadas por las fuerzas de la civilización, el orden o la moral, aunque eso signifique entrar en un mundo gobernado por perros poodle o atestiguar las faramallas que alguien puede hacer para evitar ser vocal de mesa o las extrañas nociones de vida en sociedad que puede tener un tipejo que es individualista de nacimiento.

Finado bromista

Los cuentos de Ergas y las ilustraciones de Edwards dialogan alterando el humor de sus historias: lo dramático se vuelve ligero o viceversa. Es el caso de un chofer cansado que, a medida que se queda dormido al volante, avanza por Avenida La Paz rumbo a su propia tumba, situación que la ilustración vuelve una travesura del futuro finado, que al chocar tocará la bocina frente al hospital, despertando maliciosamente a los enfermos.

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