“Las mentiras de Andrés Montero” en Descartes periódicos por Juan Rodríguez 01/08/2016 – Publicado en: Autores, Prensa

Fuente: Descartes periódicos

El martes 26 de julio publiqué, en la sección Cultura de El Mercurio, una entrevista al cuentacuentos y escritor Andrés Montero, a propósito de su novela Tony Ninguno (La Pollera Ediciones). En la nota escribí que en esta novela hay “mucho de ilusión y realidad, de mentira y verdad. Mucho de literatura: un misterioso árabe, que lleva consigo una copia de Las mil y una noches, llega al Gran Circo Garmendia junto a un silente niño. El niño y el libro se quedan a cargo de una joven trapecista que, sin embargo, empezará a ganar fama contando las historias de Sherezade. El resto -narrar y vivir lo narrado- se sigue de ahí”… Estas son las preguntas y respuestas completas:

-¿Por qué o de dónde surge tu interés por Las mil y unas noches y la idea de usar dicha obra como motivo de una novela?… ¿Y el circo?

-Para ser honesto, mi interés no es tanto en Las mil y una noches como en el marco narrativo del libro, es decir, la historia de la princesa que narra cuentos incompletos para no ser asesinada, que es un agregado muy posterior a los relatos que ya circulaban hace siglos en oriente. No recuerdo cómo conocí esa historia, pero sí que me impresionó mucho esa idea y quise escribir sobre ella: contar cuentos para no morir, porque la princesa Sherezade sólo estaba realmente a salvo mientras el rey Sahriyar estuviera escuchando y viviendo la ilusión de los cuentos. Entonces surgió la idea de ambientar la novela en un circo, que es un lugar donde hay ilusión por un par de horas, pero donde todo el resto del tiempo es de una realidad que puede ser muy cruda, sobre todo en los circos pequeños. Eso me pareció similar a la historia de Sherezade.

-Sherezade engañó, mintió a través de la literatura (o de la narración) para salvar su vida. ¿Por eso escribes y cuentas cuentos, a quién quieres engañar o de qué o quién quieres salvarte?

-No sé, creo que todos necesitamos nuestra cuota de ficción diaria para escapar un rato de algo. Por eso tienen tanto éxito las series televisivas. Escribir, contar cuentos, leer y ser un poco ludópata aumentan mis horas diarias de ficción. Es como dedicarla más horas a la ilusión que a la verdad, o al revés según quiera verse.

-En el mundo real, o tal vez ilusorio del circo que muestras en tu libro, están los tony Frambuesa y Frutilla; uno muy filósofo —“serio e inteligente”—, el otro bromista —“desordenado, estúpido y a la vez tremendamente audaz”. ¿A cuál te sientes más cercano, y por qué?.. ¿O tal vez sea al Tony Ninguno, que comienza a existir o deja de ser nadie cuando habla, cuando adquiere la palabra?

-Con el Tony Ninguno y con la protagonista me identifico por esa necesidad de pasar más tiempo en el mundo de la ilusión. Pero a medida que voy creciendo inevitablemente me siento más cercano al Tony Frambuesa, que es un payaso que considera su trabajo como una forma de ganarse el pan, pero que a la vez puede reflexionar sobre lo que hace y entender que su oficio es, finalmente, un arte para los demás.

-Entiendo que andas de viaje por tu trabajo como cuentacuentos. ¿Dónde andas o andabas y, luego de presentar el libro, a dónde irás a contar cuentos? ¿Qué lugares has conocido gracias a tu trabajo?

-Sí, estuvimos un mes de gira con La Matrioska por México. Después del lanzamiento [fue el 21 de julio] realizaremos una gira por el sur de Chile gracias a un Fondart, y luego iremos a festivales y encuentros de Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, así que estaremos fuera de Chile por varios meses. En 2017 recorremos el resto de los países de Sudamérica, ya que estamos filmando un documental sobre el arte de narrar cuentos en Latinoamérica. Estamos aprovechando los viajes para seguir aprendiendo y conocer a otros cuenteros, porque tenemos en carpeta para el otro año la organización de un festival internacional en varias regiones de Chile.

-Estudiaste literatura en la Universidad Alberto Hurtado, pero que no terminaste, ¿por qué?

-Sí, y antes estudié Historia, pero me retiré empezando el segundo semestre. Literatura me gustaba, pero sentía que me quitaba demasiado tiempo y yo tenía ganas de hacer otras cosas. Así que entremedio me fui a viajar por Argentina, Bolivia y Perú tocando guitarra, y vi muchas cosas y aprendí un montón, así que cuando volví ya tenía demasiadas ideas y proyectos en la cabeza y opté por retirarme. Reconozco que a veces echo de menos algunas lecturas o el conocimiento de algunos autores, pero después pienso que si me hubiera dedicado a terminar la carrera no había ninguna posibilidad de que a mi edad tuviera 3 libros publicados y una Compañía de Cuentacuentos que me permitiera vivir exclusivamente del arte. Así que, por ahora, creo que le acerté al camino. Lo único que de verdad me pesa es no poder hacer un magíster en creación literaria.

-Uno imagina que para vivir de la literatura, o hay que ser un autor muy exitoso o hay que trabajar en la academia (o quizás en algún medio de comunicación). Sin embargo, parece que hay una tercera alternativa, ser cuentacuentos. ¿Cómo llegaste a ese lugar?

-Vengo de familia de mentirosos, de esas familias grandes donde en los almuerzos de fin de semana el tema de conversación suele ser monopolizado por los viejos que hablan de los abuelos y los bisabuelos y las tías abuelas y cuentan sus historias y sus mentiras. Mi hermano mayor tomó un taller de cuentacuentos una vez y yo no podía creer que existiera algo así. Tomé el taller siguiente y luego varios más, y se me hizo entretenido porque estaba muy acostumbrado a esa dinámica de contar y de escuchar. Después fui a viajar y conocí a muchos cuenteros, y me di cuenta de que era lo que yo quería hacer toda la vida. Escribir me gusta mucho, pero alguien lee tu libro y tal vez te dice “me gustó”, pero nunca sabes qué parte le gustó, o si lo dice en serio. Cuando cuentas un cuento, lo sabes sin ninguna duda desde el escenario. Ves la reacción que provocan tus textos, o los de otros, ahí mismo. Es un arte muy completo para el que no se necesita nada más que la palabra.

-A propósito… Tu Sherezade dice: “No sé en qué momento decidí que me iba a aprender de memoria sus más de dos mil páginas. Lo más probable es que no haya hecho tal cosa, la verdad es que ya no creo haber decidido nada nunca. Pero por ese entonces yo todavía creía que mi vida era mi vida y que yo todavía tenía poder sobre ella y que cosas como caerse de un trapecio podían llamarse accidentes, y que intentos de aprender de memoria dos mil páginas de historia podían llamarse decisiones”. En tu caso, contar cuentos, y escribir, ¿fue un accidente o una decisión? 

-La escritura me parece que fue una decisión. La primera vez que lo dije fue como a los ocho años, cuando empecé a escribir mis primeras historias. Es lo único en toda mi vida en lo que no he cambiado de parecer nunca. Hasta del fútbol me he alejado a veces, pero del oficio de escribir jamás. Contar cuentos fue totalmente un accidente. No era mi plan, y a veces sospecho que lo sea ahora que me dedico a eso. Pero sigo explorando por ahí porque me gusta y porque creo que entrega esas cosas primitivas que hemos ido perdiendo: apagar el celular una hora para escuchar, reunirse en torno a la palabra, escuchar un poema, un cuento. Sobre todo, imaginar, en esta sociedad que entrega todo mediante la imagen.
Por último, ¿recuerdas cuándo aprendiste a leer? (Si no te acuerdas, puedes mentir).
-No, pero parece que cuando entré al Pre-Kinder ya sabía leer, porque no fui al jardín infantil y me quedaba con mi abuela en la casa. Entre ella, mis papás y mis hermanos mayores me enseñaron a leer para que no anduviera de ocioso.

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