Entrevista a Ramiro Gómez Gris en Revista Lecturas 29/09/2014 – Publicado en: Prensa

Fuente: Revista Lecturas

RAMIRO GÓMEZ GRIS (Santiago, 1983). Ha vivido en Santiago, Valparaíso y Concepción. Su primer libro, Ética al zancudo,  fue publicado por La Pollera Ediciones en 2013. Antes fue electricista, pero nunca ejerció. Responde la Entrevista RL de la mejor manera posible y a continuación un adelanto de su nuevo libro, SALIR. Apuntes en torno a una ética de la naturaleza. Libro que será presentado el sábado 4 de octubre, en el marco de  Primavera del Libro (Parque Bustamante, Bustamante con Av. Bilbao, metro Bustamante), a las 18 horas con la presentación de El Zopilote Rojas y Janeiro del Río, amigazos del autor, musicalizado por un integrante del grupo “Los Rayos”.

 

¿Quién es usted y por qué utiliza el aforismo?

Yo soy Ramiro Gómez Gris. Así decidí llamarme a mí mismo para publicar estos dos libros: Ética al zancudo y Salir. En todo caso, el Góngora y el Sordo, dos buenos amigos, ya me llamaban de vez en cuando Ramiro mucho antes de las publicaciones.

En cuanto al uso del aforismo, creo que las ideas se presentan en la consciencia de este modo, y que luego uno puede ir desarrollándolas más extensamente, ofreciendo ejemplos, construyendo una red de argumentos, o bien rodeándolas de historias que las muestren mejor. En Ética al Zancudo y en general en las críticas existenciales que he publicado en La Pollera (web), lo que he hecho es esto último, rodearlas de historias, porque también pienso que las ideas siempre aparecen en torno a vivencias, y porque, de hecho, muchas de las historias que cuento son verídicas, y fue gracias a ellas que surgieron las ideas que intento presentar en los diálogos. Pero para este libro la cosa se dio de otro modo, y no sé bien las razones… Seguramente la lectura permanente de los aforismos de Lichtemberg me ha dado la confianza como para presentar las ideas de este modo.

 

¿Qué libros tenía en el velador y en el baño cuando escribió SALIR. Apuntes en torno a una ética de la naturaleza?

No tengo velador. Hay una silla al lado de la cama, pero la uso para dejar la ropa. El colchón está en el suelo, así que los libros “de ir a acostarse” están siempre encima de la cama o en el mismo suelo. Voy acumulando libros, generalmente de cuentos, que después voy devolviendo a su lugar, es decir, a los anaqueles del estante. Fueron muchos los libros que pasaron por la cama durante el año pasado, así que sería un bolañismo en extremo impreciso el intentar hacer un listado.

En cuanto al baño, hoy siguen los mismos libros que estuvieron allí durante la escritura y las múltiples revisiones del texto que nos convoca. El primero y más revisado es La vida de las plantas (1913), de J. Bretland Farmer, en una edición de Emecé Editores (1948). También está la Antología del humor negro (1939) de Breton, un libro titulado Zoología pintoresca (1969), de la Editorial Ramón Sopena, y Dichos de campo, de Pablo Huneeus.

 

¿Cuánto demoró la escritura de su libro?

Mucho tiempo, porque varios de los apuntes que componen el libro son viejos, rescatados de distintos cuadernos. Podría decir, sí, que el grueso del texto, y en particular la idea que defiende y quiere practicar (a saber, una ética singular en potencia en cada ser vivo, con consecuencias en la evolución de las especies) la desarrollé aproximadamente en un año, el año pasado, acompañado de distintas lecturas y de varias salidas a acampar, pero principalmente paseándome por mi departamento con un pito en la mano, cavilando. Todo este tiempo tuve (y sigo teniendo) un cuaderno sólido en el mesón que separa el living-escritorio de la cocina (también le llaman cocina americana). Ahí iba haciendo, sin ningún propósito determinado, las anotaciones, hasta que me di cuenta de que tenía una especie de unidad en el conjunto y me decidí a pasarlo a la computadora y a empezar un extenuante ciclo de revisiones y revisiones antes de su publicación.

 

¿Qué dijo su editor o primer lector cuando leyó los manuscritos?

Si mal no recuerdo, mi editor, el señor Geométrico, me dijo, por mail, que le parecían bien… pero estoy buscando en el correo y no encuentro las palabras exactas. Mi editora personal, la distinguida señora y maestra Karlucha Méndez, me dijo que le estaba gustando mucho, aunque después me aclaró que hay algunos aforismos que no la convencen para nada. También le mostré el texto a algunos amigos que me hicieron comentarios favorables, pero no recuerdo sus palabras exactas. El único comentario textual que puedo presentar el de mi padre, que –también por mail– me comentó lo siguiente: “Por otro lado, ya me leí el libro y me pareció muy bueno, con algunos aforismos que podrían estar de más; otros con algún exabrupto evitable para la segunda edición y otros muy técnicos o especializados que obligan a recurrir a internet. Hay uno en que dice “rampa” y también podría decir “trampa”. A mí me parece que tendría que ser esta última. En todo caso, muy bueno el libro para darle la vuelta al tornillo, para que no se nos caiga. Un abrazo y aquí conversamos el domingo.”

¿Ocupa algún lugar este libro en su proyecto literario?

Es una pregunta difícil. La primera respuesta que puedo dar es que no sé, porque no tengo muy claro si barajo alguna especie de proyecto literario. Pero, por otro lado, no puedo negar que de alguna manera uno empieza a soñar con la posibilidad de que la escritura otorgue la solvencia económica necesaria para vivir sin tener que trabajar en otras cosas. Cuando este ensueño y sus dulces consecuencias me abordan, entonces empiezo a construir esa especie de proyecto… pero pronto termino mandando esta idea a la misma mierda, porque me empiezo a hinchar como un odre, y me doy cuenta de que es mejor no esperar nada de la escritura: entonces decido que escribo y publico únicamente para compartir lo que pienso y ponerlo sobre la mesa, a ver si algo ocurre con las ideas que expongo, más que con mi proyecto personal. Pero cuando decido esto, también me doy cuenta de que no estoy siendo del todo honesto, porque evidentemente hay cosas que espero obtener (para mí) a través de la escritura, y entonces me siento en una confusión que no he podido terminar de aclarar.

 

¿Va a seguir escribiendo?

Supongo que sí. Creo que escribir tiene dos funciones fundamentales: (1) aclarar las ideas que se van desarrollando en el ruidoso silencio mental, y (2) compartir estas ideas. Visto de este modo, la escritura es casi una necesidad para la independencia ideológica del humano que comparte con otros humanos. Así que, si no muero pronto o si no me ocurre nada extremadamente inesperado y excepcional –cosa que siempre puede ocurrir– pienso seguir escribiendo, y así procedo día a día.

 

¿Sabe cocinar?, díganos su receta perfecta.

Claro que sé cocinar. No saber cocinar me parece tan limitante como no saber limpiarse el ano después de defecar. Mi receta perfecta es el corazón de vacuno al sartén, con abundante arroz y un tomate con cebolla. También me gusta preparar palta molida con un poco de ajo y cebolla picados, casi molidos. Este elemento se vierte sobre marraquetas (panes batidos) recién tostados, y se acompaña de un café preparado a lo turco o en cafetera italiana.

 

De qué preocuparse y de qué no…

Bueno, esta es una pregunta que cada quien debe responder por su cuenta. En mi caso, me preocupo de ser consecuente –cosa que no logro del todo– y de cumplir con lo que me comprometo, tanto con el resto como conmigo mismo. El resto, como dice el refrán –tan utilizado por los charlatanes que venden eso de la autoayuda–,más que preocupaciones son ocupaciones.

Ahora, una respuesta menos pretenciosa es que me preocupo de no quedarme sin comida, sin marihuana o sin alcohol, de pagar el arriendo y las cuentas, de mirar que no vengan autos al cruzar la calle, de no meterme en más problemas con los carabineros, de regar las plantas, de tener las monedas (o los billetes chicos) para la micro, de no andar con el chaleco o el pantalón manchado cuando voy a la pega, y de varias otras cosas como estas.

 

Últimas obsesiones…

Desde hace un tiempo, quizá lo que más hago es tratar de achuntarle con una pelotita de fútbol (del porte de un melón) que compré en un supermercado a un arquito en altura que no es otra cosa que la parte trasera de una silla alta que tengo acá. Paso buena parte de mi tiempo dándole pelotazos a la silla, mientras fumo pitos y trato de aclarar ideas sobre distintas materias.

Pero, pensándolo bien, esto no es realmente una obsesión. Entonces, quizá mi mayor obsesión sea conocer la selva de Madagascar.

 

El futuro de Chile, ¿dónde está?

La verdad es que no tengo ni la más menor idea. Sólo espero que sea un futuro amistoso, especialmente entre nosotros y con nuestros países vecinos, pero principalmente con la impresionante naturaleza que nos rodea.