“El poder del intertexto y la performatividad en “Tony Ninguno”, de Andrés Montero” por Álex Saldías 25/07/2016 – Publicado en: Prensa

Fuente: Lecturas imprecisas

Las mil y una noches es uno de los textos más complejos y fascinantes de la literatura universal. Se estima que su primera compilación fue hecha hace aproximadamente mil doscientos años, en el siglo IX. No he leído el libro, pero conozco más o menos la estructura debido a las innumerables citas que hace Borges sobre esta obra, y fundamentalmente con lo que aprendí de ella a través de la novela Tony Ninguno, de Andrés Montero. Las mil y una noches, se trata básicamente de un rey que mata todas las noches a una concubina después de desflorarla a modo de venganza contra el género femenino por un adulterio. Sucede que una noche llega Sherazade, una virgen muy astuta, quien después de tener relaciones con el rey, a sabiendas de su destino fatal, comienza a contarle una historia. Durante el transcurso del relato pasa toda la noche y se hace de día. El rey quiere seguir escuchando, así que por primera vez, le perdona la vida a su concubina hasta que termine el relato. Sherazade extiende esta historia, o esta multiplicidad de historias, durante mil y una noches. Finalmente el rey la perdona, ya que se conmueve al saber que su concubina está esperando un hijo suyo. Todo el pueblo está feliz porque el rey se ha curado de su locura. Esto sucede en el imperio pérsico del siglo IX. Mil doscientos años más tarde, una joven trapecista de un circo itinerante del campo chileno insiste a su padre, Malaquías, el dueño del circo, para que acepte los dos tomos de Las mil y una noches que les llegó a ofrecer un árabe desconocido. Así comienza la novela Tony Ninguno. Con la desesperación de un hombre por querer entregar aquella obra antes de terminar de leerla, debido a la maldición que dicen está inscrita en el libro: el que ose terminarlo, morirá. A través de esta última sentencia es que se guiará toda la obra.

Pude diferenciar varias líneas narrativas a lo largo de la novela. La primera y la más evidente es la línea del circo; el relato de la vida detrás de la carpa. No se habla mucho de las funciones. El espectáculo real está detrás: en la búsqueda de público, en la comida, en la tradición familiar de los Garmendia y los conflictos que se generan debido a la ignominia de Malaquías, el heredero directo de la tradición. La narración está a cargo de Javiera, una niña que cree ser hija del padre, pero que se encuentra con una larga y tortuosa relación incestuosa con éste, quien le termina por revelar los secretos de su llegada al circo. Bajo esta misma línea narrativa aparece Tony Ninguno, el niño sin nombre, a quien Javiera bautizó como Sahriyar, en honor al rey loco que aparece en Las mil y una noches.

Ya al principio de la novela, la relación intertextual es evidente. Sin embargo, a esta relación se le añaden los factores externos de la vida en el circo, lo que determina la configuración psicológica de Tony Ninguno, el niño recogido, quien parece ser una obra en construcción por todos los personajes (fundamentalmente por Javiera) cuyo punto culmine está justamente al final de la obra, en la pantomima del clímax. Si el niño abandonado no hubiese llegado al circo, sino a un orfanato, por ejemplo, no se cumpliría la relación intertextual que parece estar condicionada desde el principio de la novela, o mejor aún, desde el siglo IX. Tony Ninguno es el producto final de todo lo que acontece durante aproximadamente diez años en el circo, desde la caída del trapecio de Javiera y la decisión de Malaquías por dejarla contar historias al público. Tony Ninguno, se vuelve entonces doblemente vacío. Por un lado, no tiene padres, ni familia, ni historia. Por otro lado, el mundo pasa a través de él como si tuviera un cuerpo sin órganos, lo que lo vuelve incapaz de decodificar las narraciones como tales. La palabra se densifica, se vuelve acción. Pizarnik una vez preguntó al respecto:

si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?

Dentro de la novela, estas preguntas son más intensas aún. La importancia de la narraciones orales de Javiera, la recepción de estas mismas historias por parte del público y de Tony Ninguno, el hecho de que el niño abandonado haya sido bautizado por Javiera como Sahriyar, pero por los demás artistas como Tony Ninguno, ya que no tenía ningún talento particular y, fundamentalmente, el final de la obra, hacen que esta novela sea una especie de oda a la palabra viva, al hecho performático a través del lenguaje. En esta novela, las palabras hacen cosas, las maldiciones se cumplen, los crímenes se cometen, las personas se transforman. Y nosotros, lectores, sentimos miedo de que estemos imitando una historia pasada, o futura, pero no nuestra, como si fuéramos las sombras chinas de una realidad ajena.

Es gratificante encontrar novelas como estas dentro de la nueva narrativa chilena. El estilo narrativo de Andrés Montero dialoga mucho con el flujo estético que ha surgido durante los últimos años en la novelística nacional. Se trata de abrir paso a una estética sin miedo a experimentar con el lenguaje y los meta-relatos universales. Se agradece, y se nota, el cariño puesto al quehacer literario.