Cuando el Diablo estuvo en el Valle Húmedo: adelanto de la narrativa de Rosamel del Valle 23/11/2017 – Publicado en: Adelantos, Autores

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El bueno de Aníbal. La cosa empezó cuando se aburrió un día del pueblo y echándose al hombro el fusil se fue a vivir al Cerro de la Mina. La familia metió las manos en el saco del mundo, se trepó a todos los campanarios, golpeó los muros de la iglesia e hizo vibrar las hojas de todos los árboles. Todo eso en vista del escándalo.

“Un loco de remate. No piensa más que en avergonzarnos. ¿Qué van a decir las gentes ahora?”. Por la noche enviaron un mozo cargado con frazadas, ropas, alimentos, bebidas. El mozo regresó con la carga intacta, atemorizado. A la noche siguiente Adela, la mujer –¡si hubiese sido vista por sus amigas!– acompañó al mozo con el fin de “persuadir a ese salvaje de Aníbal”. Pero el viejo siguió en las suyas y ni siquiera se asomó a la bocamina. Adela recurrió entonces al cura. Don Alfredo se movió de un lado a otro, dio tres veces la vuelta a la tierra, pestañeó arcangélicamente y lo único que atinó a decir –bien se cuidaba de tales enredos– fue que “procediera con toda prudencia, pues Aníbal hacía tiempo que le había abierto las puertas del alma al demonio y él no estaba en condiciones para dar esa batalla en público, como le sería fácil comprender”. Adela perdió en esa oportunidad dos milímetros de su fe y se dio ánimo para intentar una nueva visita nocturna al marido endemoniado. ¿Al viejo Aníbal con esas cosas? Nunca. Su determinación era demasiado seria: “Se le había antojado vivir en el Cerro de la Mina y ahí se quedaría hasta el fin de sus días”. Naturalmente, aceptó luego cuanto le enviaban de casa. “¿Locura? Sí, pero locura confortable, tal como corresponde a un caballero”, se decía o les decía a los espinos y a los pájaros de la colina, mientras permanecía tendido al sol saboreando los alimentos y el buen vino de sus propios toneles. Dormía dentro de la mina, abandonada hacía más de treinta años, en un descanso a pocos metros de la superficie. “Aquí me libro de la víbora –su mujer–, de las viboritas –sus hijas–, de don Alfredo –el cura–, de sus peones y de las historias de sus soliloquios o de sus diálogos con el Diablo y de cuanto bribón se me atraviesa en la vida”, decía. Todo el pueblo se dijo que el viejo Aníbal hacía una locura más y que regresaría a casa antes de una semana. Nunca se vio semana más larga. A veces algún aldeano curioso llegaba hasta la mina y trataba de entablarle conversación. “¡No te acerques, perro! Te romperé los huesos de un tiro”, le gritaba Aníbal. “¿Qué hará ahí?”, seguían preguntándose. “La vieja es una víbora”, decían. “Las hijas, viboritas”. Sin pretenderlo, parecían ponerse de su lado a pesar de que odiaban del mismo modo a la familia entera. Los Lenero llegaron a Valle Húmedo no se sabía exactamente cuándo, pero viejos pobladores aseguraban que Aníbal había pagado sus tierras con piezas de plata y oro. El odio venía desde que el nuevo propietario empezó a agrandar su viña y, lo que hizo al comienzo, a tratar rudamente a los peones. “Crece, pero no se enriquece”, decían, lo cual era tan cierto como que el dinero se le iba de entre las manos, misterio que no dejaba de atormentar a los aldeanos. Se decía aun que Adela con sus hijas formaron la comunidad enemiga, el orificio por donde se colaban las utilidades que el viejo acumulaba a golpes de látigo. Luego, en su fin, porque para ellos eso era el fin, vieron naturalmente el castigo de Dios. Y no andaban muy errados, al parecer, porque –según se afirmaba– Dios se le había aparecido una vez a Aníbal en la viña. A partir de esa aparición –sólo supieron de eso, en verdad, el viejo y tal vez Dios–, se operó un cambio brusco en el viñatero. Su primer paso parece que fue cambiar el tratamiento que daba a sus peones y ver modo de mejorarlos en sus trabajos y necesidades; pero el demonio hizo su labor solapada para inducirlo a la reflexión, un acto como ese destruiría su orgullo y su familia, exactamente los dos gusanos que vivían a todo lujo en su cuerpo. Y vino la catástrofe. Las cosas siguieron como antes, pero no en su corazón. Empezó a descuidarse y tanto que los propios jornaleros no sabían qué hacer para adivinarle órdenes y deseos. “Esto va hacia alguna parte”, decían los más viejos, los más juiciosos. Y si los más jóvenes no vieron en “el fin” de Aníbal más que soberbia y locura, aquellos comprendieron en su simplicidad que sus arrebatos y su hipocondría venían del reponso que alguna vez le habría dado, si no Dios mismo, al menos algún ángel de esos que suelen hablar con los viñateros en el sueño. De todos modos, ni unos ni otros iban más adelante. Para ellos no había otra preocupación que la de preguntarse: “¿Qué hará el viejo en la colina?”. Al principio, nada sino morder su cólera. A lo más, decirse a sí mismo que allí terminaría sus días. Pero en uno de esos “hacer nada” o cuando vino el cansancio de los diálogos con cielo y cerro, decidió enterrarse. “Mañana me traes un farol”, le dijo secamente al mozo que le llevaba convertidas en alimentos y bebidas las preocupaciones de Adela. “Necesito un chuzo y una pala”, exigió días después. Mientras tanto no dejaba de preguntarse si Dios intervenía otra vez en sus asuntos. Su decisión había sido caminar mina adentro y dejarse morir en la profundidad. A los cien metros se aterrorizó y se puso a gritar. Cientos de ecos le respondieron. “Esto está vivo”, pensó. “Vivo y muerto, como yo mismo. Debo quedarme aquí y a lo mejor cuando Adela me llame más tarde desde el cielo o desde el infierno yo le responderé como me responde la entraña de este cerro”. No obstante, volvió sobre sus pasos y respiró la luz y el aire como si hubiera salido de un baño en el río. Y cuando entró de nuevo a la mina, ahora con el farol, el chuzo y la pala, el mundo que se le apareció ahí dentro fue totalmente distinto al entrevisto la primera vez. “Don Aníbal está inconocible”, confesó el mozo un día. “La barba le llega a la mitad del pecho y anda completamente desnudo”. “Jesús”, exclamó Adela. “Iré a verlo”. “No, patrona”, replicó el mozo. “Parece que está loco furioso. Hoy me recibió apuntándome con el rifle y no dejó de apuntarme hasta que me perdí de vista”. “¡Dios santo!”. Pero Adela había dicho que iría y fue. Aníbal la vio acercarse y le gritó: “No te acerques, perra. Un paso más y te rompo los huesos”. Adela regresó a casa como un pájaro herido Por esos días ocurrió un acontecimiento, al parecer, mayor. La policía capturó a un bandido refugiado en una quebrada de un cerro cercano. Parece que por entonces los cerros daban algún quehacer a los habitantes de Valle Húmedo. El bandido fue traído al pueblo la tarde del día siguiente al de la escena ocurrida entre Adela, el pájaro herido y Aníbal. Naturalmente, el caso Aníbal pasó de pronto al olvido. Las gentes se reunieron en el puente del río como para recibir a un héroe y en cuanto los policías aparecieron con el bandido en el recodo del camino se levantó un rumor de voces o gritos parecido solamente al que las gentes hacían en las procesiones organizadas por don Alfredo unas cuantas veces al año. Y ahora las campanas también, por supuesto, ya que el cura las echó al aire para agradecer a Dios la captura de Anselmo Almarza, el terror de la comarca. Al llegar el pelotón al puente, grupos de aldeanos exaltados intentaron apoderarse de Anselmo para colgarlo en uno de los sauces de la orilla del río. Y no fue precisamente la policía la que los detuvo. De entre el gentío avanzó una mujer. Todos la conocían. Algunos trataron de cerrarle el paso, pero ella avanzó resueltamente hacia Anselmo y lo abrazó entre sollozos. Ni la mujer ni el bandido decían palabra alguna sino que se desprendían sólo para mirarse a los ojos profundamente y abrazarse de nuevo. Y cuando el sargento ordenó al pelotón que continuara el camino hacia la cárcel, la mujer besó al bandido en la boca y se abrió paso entre las gentes para perderse por el sendero que conducía a su casa en el bajo del río. “¡Una desvergonzada!”, dijeron algunos. “Es buenamoza la diabla”, comentó alguien. “¡Ana María Corantes!”, exclamó la Melaza –Amanda Melaza, la beata–. “Ahí tienen la desvergüenza de las mujeres pecadoras. Debían quemarla”. Nadie pareció escucharla, todos estaban pendientes de lo que acababa de ocurrir y de la sombra de Ana María alejándose lentamente hacia el bajo. Pero alguien tuvo tiempo para decir: “Habría que quemar a casi todas las mujeres de Valle Húmedo”. El insólito comentario dividió en dos bandos a las gentes, unos con la Melaza, otras con el atrevido, mientras esta optó por alejarse y no sin sonreír mirando hacia el cielo, segura de que su martirio era contemplado por los ángeles. Las discusiones no cesaron hasta que el pelotón entró con el reo en la cárcel. Ahí el sargento ordenó dispersarse todo el mundo.

A partir de ese día aumentaron las dificultades de la Melaza para transitar por el pueblo, y, la otra cara del asunto, Ana María, siguió siendo mucho más visitada por los jóvenes y, para ser justos, por viejos que nunca antes se atrevieron a hacerlo. Don Alfredo pintó de color azufre y cubrió de llamas el sermón dominical e igualmente la Melaza hizo reducir sus puñales de castidad en los corros del pueblo y el propio comandante de la policía amenazó a Ana María con colgarla de un árbol si continuaba con su escandaloso comportamiento. Y si la tentación de Ana María dejaba frío a don Alfredo, naturalmente, y a la Melaza, menos naturalmente, en cambio solía herir en su debilidad al comandante, quien a menudo se vestía de civil para “ir a dar una vuelta por el lado del bajo”. “Ese Adolfo Noruega”, refunfuñaba don Alfredo, en su impotencia para redimir sus ovejas. “Y esa desvergonzada lo llama Capitán”. “Hay que hacer algo, don Alfredo”, le dijo una vez la Melaza, poniendo los ojos blancos y dando vueltas al sucio rosario. Don Alfredo seguía aferrado a su interior, aire de jardín a veces, y sin oír, “Hoy parezco tentado por el demonio”, pensó, y tiritando le espetó a la afligida: “Mírate en un espejo dos veces, Amanda. Después, preocúpate de las gentes”. La Melaza olió azufre en la sotana de don Alfredo, dio media vuelta y voló a su cielo particular. Pero después de la Melaza se le apareció Adela. “¡Vaya!”, se dijo. “Valle Húmedo pierde la tranquilidad”. Adela, naturalmente, no iría por el asunto de la pecadora. Era de adivinarlo. Se equivocó Adela, la buena e infeliz Adela, tampoco permanecía indiferente al clamor público, como decía, que despertaba la conducta de Ana María. Antes la pícara guardaba un poco de discreción, si era posible referirse de ese modo a la hipocresía, pero las cosas llegaban ya a límites increíbles. Don Alfredo la escuchó en silencio. La violencia despertada en él por la Melaza lo tenía contrito y su corazón buscaba refugio en los pocos versículos de los Evangelios que sabía de memoria. Adela lo libertó de la trampa. Vuelto al mundo otra vez, reunió con desgano algunas piezas del parloteo, encendió un cigarrillo, tosió, escupió, decidido al fin a interrumpir el torrente de la dama. “Adela querida”, dijo, pausadamente. “¿No tienes un marido en desgracia? ¿No está la tristeza en tu casa? No comprendo cómo hay aún en tu corazón un hueco para recibir desperdicios ajenos”. Adela bajó los ojos, avergonzada. Luego el orgullo le abrió camino hacia su casa, es decir hacia su purgatorio particular. “Amada, a su cielo; Adela, a su purgatorio”, dijo don Alfredo, y retornó a sus pocos evangelios. Al día siguiente Adela volvió a las andadas. Se arrastró, se humilló, lloró. Lo de la pecadora del bajo no era ya su asunto y en eso le parecía haber hecho una concesión. “Pero el caso de Aníbal. ¿No le decía su Dios que debía intervenir?”. “¿Cómo? Déjame pensarlo, hija”. Adela recibió en el alma una gota de conformidad y se retiró con las alas menos temblorosas. Pero esas alas cayeron al salir de la parroquia. En la plazoleta le salió al paso la Melaza. “Adela, Adelita”, le dijo, como si la estuviera consolando después de un terremoto. “Dicen que Aníbal pasó por el pueblo en viaje a Santiago. Hace apenas unos minutos. Cuanta persona trató de acercársele fue rechazada con esas, bueno, con esas palabrotas que el demonio pone en la boca de Aníbal. No, no me digas nada, Adela. Te dejo, Adelita. Voy a contárselo al señor cura. Te veré en seguida, hijita”. Adela siguió su camino. Se sentía asaltada, violada por todo Valle Húmedo. Ya en casa, se tumbó sobre su sillón preferido. El viejo sillón chilló largo tiempo bajo las violentas sacudidas del cuerpo no poco obeso. Aída, la hija menor, oyó, no se sabe si los sollozos de la madre o los chillidos del sillón, y acudió a la sala. “Ay, hija mía”. Y nada más, porque en Adela y Aída se agitaban pensamientos distintos. “No sigas así, mamá. Arturo llegará de un momento a otro, y ya sabes qué gran día es hoy para mí”. El novio que decide, al fin. Un insecto sobre una flor. ¿Quién lo nota? Aníbal, el insecto en el pensamiento de Adela, Arturo, la flor y el insecto a la vez en el pensamiento de Aída. El padre estaba loco. “Arturo viene hoy”, eso era lo único. “No sé cómo decírselo, Arturo”, trató de explicar Adela horas más tarde. “¿No lo cree un inconveniente, dado el caso de la situación –temporal, añadió en voz más baja– en que nos encontramos? ¿Lo ha pensado bien?”. Arturo la tranquilizó como un ángel. Aída se llamaban todas las cosas para él. Aída era el tiempo, el sol, la lluvia. La madre apartó el mal viento que le venía desde Aníbal para sonreír en lo profundo de su alma. “Nunca creí que podría sobreponerme”, pensó. Aníbal, por ahora, es como si hubiera muerto. No, no tanto quizás. Pero ¿por qué trata de destruir el futuro de la hija menor? Y tan sola en el mundo. Arturo parecía pensar del mismo modo, de manera que nadie vio dificultad alguna en considerar aceptado el noviazgo. Mas lo que se siguió fue una cosa distinta, algo de dos caras, porque mientras en casa de Adela se sonreía de felicidad por el futuro de Aída, sin tomar en cuenta para nada a Aníbal, en el pueblo no se hablaba ya de otra cosa sino de la intempestiva reaparición del viejo colérico y de su paso hacia la capital, o a otra parte, nadie lo sabía, puesto que éste no respondió a los curiosos más que con insultos. Bien, a Santiago. Pero ¿a qué? Cuando se cansaron de preguntárselo, todo quedó aparentemente en nada. “Volverá, no hay duda”, decían algunos. Y estos algunos empezaron a formar mayoría poco a poco, mientras hasta el viento misterioso de Valle Húmedo terminó por ir repitiendo de calle en calle y de colina en colina: “Volverá, volverá”.

A la semana siguiente, poco después que la campana del cuartel de policía dio la una con su campanada gelatinosa, la noche del Valle Húmedo levantó un gran ruido. Un carruaje cruzó el pueblo a toda velocidad y los que despertaron y siguieron el bullicio hasta perderse aseguraron que el carruaje había torcido por el callejón que conduce al Cerro de la Mina. No todos oyeron su paso, ciertamente, pero por la mañana no había persona que no jurara haberlo oído. El fenómeno lo produjo Amadeo el Loco, el viejo con la pierna de palo que vivía en un rancho casi en la falda del Cerro de la Mina. “Al oír el ruido me levanté”, declaró a quien quiso oírlo. “No me atreví a salir a la puerta y me asomé por la ventana. En esos momentos se iluminó el callejón entero y vi que el coche iba tirado por dos parejas de caballos que echaban llamas por los ojos. El coche mismo era brillante como sol. Y ahora, cáiganse muertos, porque el cochero no podía ser sino un demonio”. Cuando le preguntaron si el carruaje había seguido de largo o si se había detenido en el altillo desde donde parte el sendero que va a la mina, se negó a contestar. “Ya hablará”, dijo el cantinero, pues hasta ahí habían sido arrastrados los curiosos por la habilidad de Amadeo, y puso una botella de aguardiente en manos del viejo. Pero en vez de “hablar”, a los primeros sorbos, empezó con sus letanías, como las llamaban, a propósito de innumerables historias que acostumbra contar mientras bebía. De tiempo en tiempo repetía el relato del coche ardiendo, pero al llegar al punto que todos querían aclarar, se detenía. Hasta que por fin echó a volar –una mariposa negra– la confesión de que “el mismito don Aníbal bajó del coche cuando éste se detuvo en el altillo”. “Y qué bien vestido venía el patrón”, agregó. “En cuanto al cochero, les aseguro, era el demonio en persona. Y no el demonio que ustedes, garrapatas, conocen muy bien. Era un caballero vestido de negro, sonriente, con dentadura de puro oro. Al despedirse, el patrón don Aníbal le hizo una reverencia y oí claramente que le dijo: ‘Buenas noches, amigo’. Yo lo oí, ratas”. Bebió el poco de aguardiente que le quedaba y se alejó callejón adentro entre grandes carcajadas y gritando: “¡Garrapatas! ¡Ratas! ¡Garrapatas!”. Todos rieron, pero a la casa de cada uno se le quebraron pronto los vidrios, a las que tenían, y se agrietaron los adobes de las que eran demasiado pobres para gastarse ese lujo. Digamos, una catástrofe. Pero todo el mundo había oído pasar el famoso coche. Faltaban los detalles y ahora los tenían, aunque ciertamente no muy seguros de su autenticidad por venir de parte del más consumado de los mentirosos. El camino se abrió de repente. Las hormigas se encaminaron en fila indiana hacia la parroquia y las arañas saltaron de red en red hacia la cantina. ¿No estaba todo claro? La verdad había entrado en cada cuerpo, ¿quién la diría primero? No se lo preguntaron mucho tiempo. Amanda salió corriendo de la parroquia, si correr era ese paso de conejo de Amanda, y le dijo al primero que encontró en la plazoleta: “Aníbal tiene pacto con el Diablo”. El viento, el viento. El trueno. Unos que van, otros que vienen. La palabra, el aceite. Hasta el sillón preferido de Adela chillaba ya hasta sin que nadie se derrumbara sobre él. Pero algunos empezaron a volver la espalda a los que hacían referencia a la vieja leyenda, ahora resucitada a propósito de Aníbal, y la sensatez empezó a deslizarse de poco a poco de la calle a los hogares y de ahí al olvido. ¿Qué podía durar ese acto de discreción y de buen sentido?

En verdad, Aníbal había vuelto. Eso se sabía. Luego se supo de veras. Aníbal seguía impertérrito en su escondite solitario y todos los lunes atravesaba el pueblo, a pie, como siempre, hacia la capital. Un aldeano aseguró haberlo visto una vez galopando en un caballo negro hacia Santiago. “Algún campesino del otro lado de la cuesta debe arrendarle el caballo”, dijo. “Para ida y vuelta hasta ahí. Después, a lo mejor sigue regresando en coche al pueblo y no lo sentimos. Vaya uno a saber”. No tardaron mucho en “sentirlo” regresar, en verlo, más bien. Nada de pasada la medianoche ni en carruaje de fuego. Llegó un viernes, a pie, caminando a duras penas. Pasó de largo –eran las cuatro de la tarde– por el frente de su propia casa en dirección a la mina. Desde ahí todo empezó a cambiar. Se supo que Aníbal salía ahora al callejón y que ya no insultaba a nadie sino que, al contrario, conversaba con quienes encontraba a su paso y hasta les daba dinero. El primer favorecido, y asombrado, fue Pancho Tomás, chacarero pobre y con mucha familia y que en un tiempo trabajó en la viña de Aníbal. Pancho Tomás cojeaba y todo el mundo recordó que el propio Aníbal le había metido una bala en una pierna una noche que lo sorprendió robando aguardiente. Interrogaron al hombre. “Sí”, respondió. “Lo vi hace poco en el callejón. Quiero hablarte, me dijo. Me acerqué, no sin recelo. Tienes que perdonarme, Pancho Tomás. Esa bala que te metí en la pierna la llevo metida en el alma. De ahora en adelante no te faltará dinero para tus necesidades. Aquí tienes algo, mientras tanto. No olvides que seguiré socorriéndote. Pero con una condición: no intentes ir a buscarme a la mina. ¿Entendido? El segundo fue Pedro el lisiado, cojo también, y a quien Aníbal echó el caballo encima al encontrarlo dentro de la viña un día domingo. “Me detuvo en el callejón”, contó. “Fui un bruto, lisiado, me dijo. Te dejé rengo para siempre. Tienes que perdonarme. Toma este dinero”. El tercero, un inquilino, de los alrededores. A ese lo fue a ver especialmente a su rancho. “Sé que me odias a muerte, viejo, y tienes razón”, le dijo. “Si me mataras aquí mismo, ahora que estamos solos, no sería sino una obra de justicia. No pienso pagar por un cambio en tus sentimientos, pero acepta este dinero. Para algo te servirá”. Escándalo, esto último. Todos sabían que Aníbal había violado a la hija del inquilino al tenerla de sirvienta en su casa. “Prostituta”, le gritó Adela y la echó a la calle. ¿De dónde, desde cuándo ese cambio de sentimientos? ¿Y el dinero?, se preguntaron. De nuevo, el viento, las palabras, el aceite. “Hay que hablar con el médico”, propuso un viñatero un domingo a la salida de misa. Alfonso Méndez les escuchó con manifiesta indiferencia, puesto que su interés residía en atender enfermos y cobrar por la atención. “Quizás sea mejor ver a Alejandro Lepe”, aconsejó. “Yo no puedo hacer internar en un hospital a un individuo que no sé si está enfermo. Aníbal es un excéntrico, es mi amigo o al menos lo era hasta hace poco y no creo que quiera dejarse examinar por mí. Vayan a ver a Lepe”. Una vez que Herodes los mandó a Pilatos, las cosas quedaron donde mismo. Pilatos, es decir, Alejandro Lepe, los recibió fríamente y les recordó que él era un amigo de la familia Lenero. “No creo que estas cosas pueda arreglarlas un abogado. Además, ¿qué de raro hay en lo que hace el buen Aníbal? Intentó reír, pero la mirada severa de los visitantes lo contuvo. De todos modos no había mucho que agregar. Quedaba otro recurso: el alcalde. “Cierto que soy una autoridad aquí. Pero el caso de Aníbal Lenero no es asunto de la autoridad”. Golpeó con fuerza sobre el escritorio. “Ni de ustedes tampoco”, agregó. “¿Los manda Adela?”, preguntó. “No”, respondieron. “Entonces, menos todavía”. Iguales respuestas obtuvieron del resto de la jerarquía comunal. El colmo lo dio el cantinero. “No sean intrusos, amigos. Siempre andan ustedes metiéndose en lo que no les importa. Don Aníbal vive en la mina por su propio gusto –o por su propio disgusto, agregó, tosiendo– y nadie lo sacará de ahí. Y no me hagan reír con eso del pacto con el diablo. No son tiempos para creer en tonterías. Yo respeto mucho a don Aníbal…”. Pero no lo dejaron seguir y buscaron la puerta. “Qué insulto”, dijo la comisión –porque ya se había formado una comisión– y sobre todo casi se horrorizaron, se habría dudado de eso, al oírle decir: “¿No querrían probar mi aguardiente antes de irse”? La desvergüenza, pensaron, estirando la cabeza por todos los intersticios del pueblo. Pero a los pocos días intervino una jerarquía mayor, justamente en la que menos habían pensado. Don Abrahán Ocaso, el rico, el verdaderamente rico, nieto de un ex presidente de la república, se presentó inesperadamente delante de don Alfredo. “Me extraña que usted no haya tocado el asunto en sus sermones dominicales”, dijo. “Comprendo su discreción. Esa familia, los Lenero. Una lástima. Pero no dejemos a las aguas correr. Existe mucha inquietud en el pueblo”. (“En el pueblo, no”, quiso interrumpirle, pero no se atrevió). Hubo un silencio. “Tengo una idea y me agradaría contar con su aprobación. ¿Me escucha don Alfredo?”. “Oh, sí, sí”. Pero pensaba en otra cosa. Pensaba en “sus gentes”, sencillas, difíciles, a veces, aunque, y él bien lo sabía, menos sencillas y menos difíciles que ese caballero “tan cristiano a su manera”. “Nada bueno se trae entre manos”, se dijo. “¿Puedo explicarme, don Alfredo?”. “Cómo no. Le escucho”. “Podríamos… y le ruego creer que no trato de interferir en lo suyo, es decir, en su apostolado”. (“Qué términos”, pensó. “Como si yo no adivinara ya lo que va a decir, lo que va a ordenar). “Podríamos, por ejemplo, organizar una procesión al Cerro de la Mina. Naturalmente, durante uno de los días en que Aníbal va a la capital o a quizás dónde. Tengo ciertos indicios de que al pie de ese cerro existió antes un cementerio. Podría usted hablar de eso el domingo próximo. Nada más que de eso, de la remota existencia de un cementerio”. (“Como si no lo supiera todo el mundo”, pensó. “El caballero cree descubrir “entierros” cada vez que viene al fundo. Oh señor, ¿no estaré contrariándote?”). Y la alta jerarquía se quedó mirando hacia un lugar que él conocía muy bien y donde se veía sentado, para el cielo, entre los ángeles, y para la tierra en un trono. Ocaso III o IV. O, más bien, V, por eso de la antigüedad en las monarquías. Don Alfredo guardó silencio. “¿Duda usted? ¿No le agrada mi idea?”. Don Alfredo sintió un escozor, un pequeño escozor por el lado en que las gentes, curas o no, creen tener el alma. El viento se hizo presente en el jardín. Lo sintió, lo vio. “Esa es una visita, no esta”, pensó. Y por su mente pasó en el acto otro viento, el de un versículo del Libro de los Reyes: Y dijo el rey: Traedme un cuchillo. Y trajeron al rey un cuchillo. No, nada tenía que ver ese último viento con la conversación. Nada, nada, nada. “Las potencias terrestres se parecen mucho a las potencias infernales”, se dijo, para mayor pecado. “Lo puede pensar”, concedió don Abrahán. Ahí cayó el telón y lo que siguió entró de lleno en la verdadera conversación, en la cosa social, de intimidades, lo que ocurría muy de tiempo en tiempo entre ellos y cuando don Abrahán se acercaba por la parroquia. Y nunca a oír misa, naturalmente, porque él se había hecho levantar una capilla particular en las casas del fundo. Hasta ahí iba una vez por semana don Alfredo y no a retribuir las espaciadas visitas del amigo sino a oficiarle la misa privada a que el buen dios parecía haberle dado derecho –en un momento de fatiga, tal vez, todo es posible–, a don Abrahán, al mismo tiempo que –en otro momento de fatiga– más bien se trataba del derecho nada común concedido a él para dialogar con la naturaleza durante el viaje de ida y vuelta. Y cómo agradecía a don Alfredo ese ultraje aspirando el aire puro del camino, deteniéndose a menudo a tenderse sobre la hierba, a oír el canto de los pájaros o a contemplar los juegos de las nubes errantes. A veces se coronaba con ramas de sauce y en vez de recitar algún versículo de los evangelios cantaban, y no algún himno sino parte de alguna canción popular oída por casualidad. Pero de pronto callaba. ¿No estaría oyéndolo alguien? ¿Por qué Dios le permitía contaminar así ese gozo en plena soledad? “Me dejo tentar, ni más ni menos que como se dejan tentar mis gentes”, se decía. “Aquí comprendo, Señor –empezaba a monologar, como en un afán de quitarse alguna mancha del alma–, por qué nos das dado un púlpito en vez de un campo, la “apretura” en vez del espacio; es decir, un lugar donde es posible estar codo a codo con las almas. ¿Qué sería de mí, predicando, por ejemplo, entre pájaros y nubes cuando me siento tan débil en la soledad? Ya ves lo que hago aquí, sobre la hierba y lejos del mundo”. Se sonrojaba, pero se tendía de nuevo al sol contemplando la inmensidad de ese cielo del que tantos dudaban y que a él mismo, en esos instantes, le costaba ubicar. “Una procesión”, se dijo de pronto. La idea no era mala. No, no era mala. Don Abrahán hablaba todavía, se dio cuenta. No ya de su idea ¿de su imposición?”. Sin embargo, me resisto. Veremos”.

Aída, la hija menor, no cabía en el mundo. Sonreía, cantaba, volaba. Una noche tuvo un sueño. Se le ocurrió que debía ver al padre. “Anda a la mina y háblale de Arturo”, le djio la voz que habla en los sueños. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? La voz siguió repitiendo la orden desde alguna parte, desde una nube, por ejemplo. “Iré”, se dijo. Era mediodía y el sol cantaba en el jardín. Corrió a la habitación de la madre, pero Adela dormía. Fue a la de la hermana y ésta también dormía. “Cosa curiosa, acabo de ver sol en el jardín y por todas partes es de noche”. ¿Cómo ir a la mina? Salió de nuevo al jardín. El sol seguía cantando. No, no soñaba. Salió al corredor, cruzó la huerta, llegó al camino del cerro y se dirigió resueltamente hacia la mina. No anduvo mucho cuando le salió al paso la mismísima sombra de Avelino Longoy, el viejo aguador, muerto hacía diez años. “No hagas hoy lo que debes hacer mañana, hija Aída”, dijo el viejo. “Vuelve a casa y mañana a esta misma hora haz lo que te proponías hacer hoy. Don Aníbal te espera”. “El día está de sorpresas”, pensó Aída. “Avelino está vivo. Viejo, muy viejo. Pobre Avelino”. Se levantó más temprano que nunca esa mañana y se puso a vagar por todos los rincones de la casa con el secreto metido en el alma. Había que obedecer la orden del sueño o, más bien, de Avelino, y decidió, hechizada, no decir palabra a nadie. “Iré hoy”, se dijo, como si el sueño continuara. Y al mediodía emprendió veloz carrera hacia el camino del cerro. La antigua ruta terminaba a un kilómetro de ahí y luego se transformaba en un sendero con la falda de la colina a la derecha y un espeso matorral a la izquierda. Se extrañó de no sentir cansancio alguno al dejar atrás la última casa del pueblo y comenzó a admirar el paisaje y la soledad de ese lugar al cual nunca se le ocurrió venir antes. La hierba crecía ahí a bastante altura y algunos pinos pequeños solían pincharle el vestido. Lo desenredaba con todo cuidado evitando las espinas y continuaba avanzando. El cielo era ahí más grande, le pareció más visto, más inmenso y la colina mostraba a esa hora el esplendor del abandono. La tierra le quemaba los pies, pero las flores silvestres parecían animarla con sus ojos azules y amarillos. Un poco más adelante había una quebrada y un hilo de agua se deslizaba cerro abajo susurrando algo muy semejante al canto de los pájaros parados en las ramas de los viejos espinos. El hilo de agua cruzaba el sendero y por el lado del cerro la hierba crecía como una mancha de un verde del todo diferente al del matorral. Se sentó ahí a descansar. A los pocos instantes oyó un ruido de hierbas pisoteadas. Se sobresaltó. El ruido pareció alejarse poco a poco y luego no fue más que una especie de respiración, la respiración de la soledad, el roce del viento entre las ramas. Pero al instante apareció alguien por el lado del matorral. “Qué susto me diste, Artemio”, dijo, gritó más bien, Aída. “¿Y por qué, Aída?”, preguntó el aparecido, mientras se acercaba. “Me parece raro que usted se haya atrevido a caminar sola por este lugar. Anda en alguna brujería?”. La joven rió, algo tranquila ya y casi segura de que el cielo no había cambiado, de que la tierra no se había abierto, de que el viento era un pájaro más sobre los espinos. “No sabía que habías vuelto. ¿Te cansaste de caminar tierras?”. Artemio se sentó a su lado. “Hum”, dijo. “Alguna vez tenía que regresar a mi pueblo, aunque no hace mucho salí de aquí. ¿Puedo saber en qué diablos anda usted por esta soledad? He oído algunas cosas, pero de ahí a imaginar que los Lenero están todos locos hay mucha distancia”. La joven sonrió, no sin sonrojarse. “¿Y tu padre?”. “Está en Valparaíso. Allá vivimos ahora. El viejo no cesa de soñar con el Valle Húmedo, a pesar de todo. Siempre está diciendo que los mejores años de su vida transcurrieron aquí, en la administración de la viña de don Aníbal. Cosas de viejos. El puerto es del mundo”. “¿Y tú, Artemio?”. “¿Yo? Nada que valga la pena. Me fastidié de tanto oír hablar de este pueblo al viejo y me vine a rondar unos días por aquí. Ya ve, lo que son las cosas”. El sol daba con fuerza en el rostro de Artemio y sus ojos negros, negro profundo, brillaban con un poder extraordinario. Siguió hablando. Aída empezó a inquietarse. “Quizás la haya importunado”, dijo. “La verdad es que estoy sintiendo antojos de acompañarla. No puede continuar sola su paseo o seguir sola su camino. Algo he oído decir de eso de la mina. Su padre ¿qué piensa de esto?”. Turbada, no contestó. Quiso decir algo, pero no pudo. El cielo estaba ahí, la miraba. El hilo de agua la miraba. Las flores silvestres la miraban. “Me sentí cansada”, dijo. “Ahora estoy bien y regresaré a casa”. “¿A casa? No se diría que ha salido a dar un paseo. ¿Va a la mina tal vez?”. Eso fue terrible. El cielo estaba ahí, las florecillas estaban ahí todavía y la miraban, pero ahora parecían hacerlo desde mucha distancia. “La acompañaré”. Más terrible todavía. ¿Volver? ¿Seguir? Un poco más allá apareció un pastizal y un pequeño bosque de cerezos silvestres. Enredó el vestido otra vez en un arbusto. Artemio la ayudó a salir del trance. “¿Se hizo daño?”, y le tomó las manos. “No”, respondió, avergonzada. “¿Miedo?”, preguntó Artemio, ahora con un poco más de brillo en los ojos, “¿por qué?”. “Nos conocemos desde niños”. “Así es, desde chicos”. “Tu padre me quería mucho, lo recuerdo bien”. Así era. “Y yo también”. Y volvió a tomarla de la mano. Al llegar al bosque, la detuvo. “¡Eres linda, Aída! ¡Y cómo has crecido!”. La abrazó, no sin que ella se defendiera, con miedo ya y no poco aterrorizada. “Eres linda, Aída, como ninguna. Nunca te olvidé en mis sueños”. Recibió una palmada en plena cara. “¡Vaya, eres guapa también! Pero vine a Valle Húmedo en tu busca. ¿No lo crees? Créelo. Vine nada más que en tu busca. A hallarte, amarte, a hacerte mía de cualquier manera. Ahora las cosas se han presentado de este modo”. La tenía fuertemente apretada entre sus brazos y la besaba, a pesar de los esfuerzos que ella hacía por desprenderse. “¡Salvaje!” gritó, en esa lucha endemoniada. “Sí, salvaje, eso soy”. La vencía poco a poco. El cielo, el sol, la soledad estaban ahora ahí y se parecían al mar. La tumbó sobre la hierba. La humedad penetró en su cuerpo y por un instante creyó todavía en la salvación. Pero lo último que vio fue una nube errante que parecía venir desde un punto para ella lejano y que pasaba de largo sin mirarla. Luego vinieron otras nubes. Cuando estuvo totalmente cubierto de nubes la lluvia no tardó en precipitarse. Espesos vapores se levantaron y vagaron lentamente entre la colina y el valle y barrieron la tempestad en pocos minutos.

De noche ya, el silencio se rompió en rumores que venían de todas partes. Grupos de aldeanos buscaban a Aída, aterrorizados por el llanto de la casa de los Leneros y seguros de que una nueva desgracia había sido enviada sobre Valle Húmedo. Naturalmente, primero corrieron a la mina con la idea de que la hallarían en el escondrijo del padre. El viejo los recibió apuntándoles con el rifle. La cólera volvió de repente ante esa avanzada y los amenazó con romperles los huesos a todos. Las gentes se negaron a retroceder y avanzaron en son de batalla hacia la bocamina. Aníbal disparó todos sus tiros, afortunadamente sin herir a nadie, y corrió mina adentro. Vencidos, regresaron al pueblo en busca de armas. No tardaron mucho en reunirse de nuevo y dividiéndose en grupos prosiguieron la búsqueda por los matorrales, los bosques y la colina. Media hora después la noche se partió en mil pedazos para dejar pasar un grito. “¡Aquí! ¡Aquí!”. Destrozándose las ropas, hiriéndose contra los alambres de púas, cercas y espinos corrieron hacia el lugar donde uno de los grupos halló a Aída, casi desnuda, tendida sobre la hierba, sangrando. Su cuerpo parecía un montón de papeles arrugados, húmedos, sucios a causa de la lluvia.

El día trajo el luto; doblen, campanas. La muerte vino con el sol y se fue con la lluvia. Una lluvia silenciosa, delgada, de verano. Las florecillas siguen sonriendo en la falda de la colina, el matorral cuece sus ruidos en el fuego, el bosque murmura en la soledad, el sendero del cerro remueve la tierra para que el viento siga levantándola. La hierba continúa desgranando su música, la hierba con algunas manchas de sangre. Todo, todo sigue donde mismo. Doblen, campanas. Los sueños juveniles se metamorfosearon; los abrojos forman ahora el camino, el sendero, la casa, las conversaciones, las lamentaciones, los recuerdos. Hay una imagen, solamente una imagen. No hay que ir muy lejos para encontrarla, no hay que ir muy lejos para perderla. La mente de los aldeanos es un camino real y por ahí pasan la respiración de una muerta, la sonrisa de una sombra, la luz de un martirio. Aída se llaman ahora todas las cosas. ¿Cómo fue lanzada esa piedra contra los vidrios? ¿Cómo entró el furioso viento en la colina y en el pastizal? No obstante, nunca pensaron mucho en ella, en Aída. Apenas la vieron pasar, apenas la miraron y saludaron. Había alguna distancia, cierto, pero todo es de todos. La casa de mañana estaba elegida, trazada como todas las casas que han de levantarse algún día, y brillaban flores y guirnaldas en el umbral invisible. Otra huerta, otro jardín, otras vidas. Tal vez una niña más u otra cosa distinta. Ahora, escombros. Ella, cuidada, llevada en el aire, sostenida por algunos por quererla y por otros sin darse cuenta. Una hoja clavada con un alfiler, ahora. ¿Por qué? ¿Por qué? Lo único fácil de comprender es que “todo es tan misterioso sobre la tierra”. El hombre se levanta del polvo, los años se levantan del polvo, la muerte se levanta del polvo. Pero existe la idea de unidad, la reunión, el crecimiento y porque no hay viaje solo en el mundo. El grupo, el rumor, la vida, algunas lágrimas, el canto. El hogar, el amor. Pero nunca se sabe qué día sigue al martes ni al miércoles, ni qué es lo que trae el día ni qué es lo que deja la noche a la puerta, ni a qué altura llegarán los árboles ni hasta dónde se extenderá la hierba, ni por dónde resonará el trueno, ni nada. Todo es un oír, esperar, pensar, dar vueltas y más vueltas alrededor de una misma cosa y no por olvidar otras sino, al contrario, por no olvidar nada y reunirlo todo, por atar en la memoria los hilos de desgracias antiguas y nuevas. Aída, Arturo, por ahora. Las flores silvestres levantan sus ojos azules y amarillos, sin sangre, como vacíos; la colina recoge el rocío, sin sangre, transparente; el viento crepita en los espinos, sin sangre, solo, abandonado; los bosques se duermen en una transparencia blanca, y las hierbas suenan como violines y sin que el sol las desangre. Absortas, todas las cosas. Aída cerró los ojos y una nube inmensa, atrasada, se ha detenido, a mirar, tal vez, en la congoja de cada corazón. Doblen, campanas, por el corazón seco, por la vida seca, por la muerte seca. Arturo deja Valle Húmedo. La mañana está fría. El camino se llama “Irás, pero no volverás”. Así se llama el camino. Así. Y “que este puñado de tierra sea un viento suave en tu viaje hacia el cielo”, dijo el cura junto al hoyo seco.

Aníbal Lenero volvió a su cólera. Es decir, se enterró de nuevo. Quizás pensó que las gentes habían ido a su refugio a atemorizarlo, a hostigarlo o a lincharlo, porque ningún otro motivo podía haberlos llevado tan inesperadamente hasta allí. Luego lo vieron atravesar el pueblo otra vez, sin mirar a nadie, ni siquiera hacia su casa en tinieblas. “Don Aníbal, quiero hablarle”, le dijo alguien. “¡Aléjate, perro!”, rugió. Al día siguiente al atardecer el pueblo corrió hacia la parroquia, y en cuanto empezaron a sonar las campanas la procesión se puso en marcha hacia la falda del Cerro de la Mina. Al frente iba la gran cruz, la idea del rico propietario, la lucha interior de don Alfredo, la protesta y el ruego –inconscientes– de todo Valle Húmedo por lo que ahí acontecía. El cura estuvo brillante en su sermón del domingo anterior, pero nadie pensaba en el cementerio abandonado. Nadie halló nunca un hueso humano por allí. Algunos visitaron el lugar por la noche y cavaron grandes hoyos. Lo cierto fue que sólo dos o tres personas, cuatro tal vez con Amanda, de las que marchaban en la procesión, rezaban, cantaban y creían que la cruz estaba destinada a tranquilizar el sueño de los muertos, a hundirlos más en la tierra, a alejarlos para siempre de la luz del día y de los sortilegios del tiempo. El pueblo pensaba otra cosa. “Servirá para espantar al Diablo”, decían. “O para recordarle al viejo Aníbal que debe pensar en Dios y en su familia”. “Quizás sirva para pasar el viento o los truenos en invierno”. De todos modos rezaban y cantaban seguro de que la procesión les serviría a muchos para hacerse perdonar alguna cosa. De pronto resonó la voz de Amadeo. “Todos santitos, ¿ah? ¡Ratas! ¿Recordatorio de un cementerio abandonado? ¿Cuándo? A mí con esas. ¡Garrapatas! ¿Y el viejo Aníbal? ¿Y la niña Aída? ¿Cuántas mujeres violó el viejo en sus años? ¿Para qué esta cruz? No, yo no soy como ustedes. Yo sé entenderme con mi Dios, ya se lo he dicho a don Alfredo. No voy con ustedes, garrapatas”. Y se alejó, gritando y golpeándose el pecho: “Dios te salve, María…”. La procesión siguió y como si nadie se hubiera dado cuenta de las palabras de Amadeo. Los pocos aldeanos que se quedaron en casa se asomaban a la ventana o a la puerta y se santiguaban. La voz de don Alfredo iniciaba y terminaba los himnos. Al llegar al callejón del cerro se juntó a la fila Ana María Covantes. Llevaba un velo negro sobre los hombros y se puso a caminar con la cabeza baja. Ancianas y jóvenes enredaron la letra del himno, se turbaron, intercalaron palabras de otros himnos. Los hombres bajaron la vista, como si no la vieran. El único grito, un grito destemplado, un ruido de latas golpeadas, salió de la boca de Amanda. “¡Jesús!”, dijo, y se cubrió la cara con las manos. Pero todo siguió su curso. La procesión entró al callejón del cerro y a medida que se acercaba al sitio donde sería puesta la cruz las voces alcanzaban un tono mayor. Al llegar, el sacristán agitó desesperadamente las campanillas. Las notas, gotas de lluvia celestial, impusieron un silencio semejante al de la colina. Se arrodillaron. Todos enmudecieron. Cuatro hombres abrieron el hoyo y la cruz fue plantada triunfalmente, mientras la voz de don Alfredo inició un Sanctus, Sanctus algo más que fúnebre para continuar, no con un sermón esta vez, sino con una especie de monólogo a propósito del acto, del cementerio abandonado, de sus muertos ya distantes –”la bella invención de don Abrahán Ocaso, ausente en el homenaje por pura casualidad, tuvo tiempo para decirse”– y del poderoso amparo que además significaba esa cruz para los habitantes afuerinos que pasaron por ahí. Luego le tocó el turno al alcalde, quien pronunció con toda la torpeza que le fue posible el discurso que todos los alcaldes pronuncian en todas las ceremonias comunales. Naturalmente, la nota final estuvo a cargo de Amanda Melaza, con una sonajera de lágrimas y sollozos, homenaje a aquellos muertos olvidados, “no por Dios sino por los hombres”. En seguida, con un grupo de mujeres roció con azufre simbólico la ya rociada reputación de Ana María. Hasta que vino la dispersión general. Muy pocos acompañaron al cura de vuelta a la iglesia. “De todos modos, Señor, tu cruz servirá para que los pájaros se paren en ella”, dijo más tarde Amadeo, naturalmente, en la cantina de Absalón Ventura.