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Adelanto de Por la Humanidad Futura, antología política de Gabriela Mistral

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Cómo se ha hecho una Escuela-Granja en México
Revista de Educación Primaria. México, 1923.

I

Empiezo a dar mis impresiones de la enseñanza en México con la más pobre de todas las escuelas, con la que encontré más desnuda en mi primera visita, y a la que he visto crecer bajo mis ojos, en dos meses, por una de esas maravillas que sólo hace el espíritu, que no podrá hacer nunca sino el espíritu.

Para llegar hasta ella el automóvil me hizo atravesar el barrio (o rumbo, como aquí se dice) más abandonado y feo de la gran ciudad; puro arrabal, casas de obreros y de trabajadores, semejantes a aquellas otras en que nosotros arrojamos a morir a nuestro pueblo obrero.

Al entrar en la escuela mi primer pensamiento fue mezquino: “¿Para qué traerán a ver un colegio tan pobre a una extranjera?”. Porque es de estilo en estos casos en muchas partes, mostrar a los visitantes los grandes colegios de parques brillantes y de aulas decoradas.

Pero el pensamiento maligno desapareció en cuanto yo llegué al primer patio. Una multitud de niños, de pobrecitos, desarrapados, hacía labores de huerto: regaban, removían la tierra, desmalezaban, entre un rumor jubiloso de colmena de octubre.

Fui acercándome desorientada primero. Una hora después mi estado de alma era un respeto y un fervor religioso por lo que estaba viendo.

Tenía delante de mí realizada en tierra mexicana la escuela que soñó León Tolstoi y que ha hecho Tagore en la India: la racional escuela primaria agrícola, que debiera formar el ochenta por ciento de los colegios en nuestros países, sueño mío ella desde hace quince años.

El maestro que me guiaba iba apoyándose en su azadón.

Le pregunté de qué Escuela Normal tenía título, para rastrear la fuente de un espíritu extraordinario en el gremio pedagógico, por su sentido práctico. Supe que salió de una Normal, a poco de haber entrado, lleno de desencanto. Ha sido un bien. Las Normales suelen entregar excelentes educadores. Yo encuentro entre mis amigos de Chile y México algunos de ellos; pero son excepciones, tardías, distanciadísimas excepciones; la regla es que caracteriza a estos colegios una congestión libresca, que dan a sus alumnos una vanidad intelectual enorme que puede verse en el hecho de que el normalista chileno considera una injuria que se le dé un nombramiento de escuela rural y, si llega a ésta, vive al margen de la población campesina, desdeñando a ese pueblo del cual viene siempre, y al cual está destinado.

Caracteriza a los estudiantes de pedagogía el concepto un poco infantil de que el aprendizaje de las biografías de todos los maestros de verdad, los Pestalozzi, los Froebel, significan alguna adquisición efectiva, siendo que lo único necesario es que la lectura de estas biografías los encienda de apostolado y les dé el espíritu heroico que ha sido el de esos hombres, y sin el cual una cultura –pedagógica, filosófica, científica en general– no les servirá sino para ser lucida en un discurso de aniversario…

—¿Cómo hizo usted esta escuela, compañero? —fui preguntándole.

Estábamos sentados delante de una mesa rústica y yo compartía la comida frugal del hombre tolstoiano.

Y fue contándome la formación de su Escuela-Granja, con la sencillez con que nuestros campesinos cuentan la poda de sus árboles.

—Este terreno —empezó diciéndome—, formaba el parque Francisco Madero, enteramente abandonado y que si de algo servía, era de sitio de bacanales populares en los días festivos, de borracheras y riñas de la infeliz población aglomerada en torno.

>>La Sección de Desayunos Escolares que sostiene el Gobierno, enviaba aquí diariamente a su jefe, señorita Elena Torres, para hacer el reparto en la Escuela Primaria que daba al parque. Fue suya la idea de solicitar el gran terreno baldío a la autoridad y destinar las dos hectáreas a una Escuela-Granja, que sería el primer ensayo de esta índole hecho en la enseñanza primaria de México.

>>Se obtuvo la concesión. Afortunadamente, mis jefes me dejaron en entera libertad de acción; no se me fijaron programas; no se me ataron las manos con reglamentos.

>>Un día empecé a cultivar una parcela en el centro del terreno, y dije a los niños solamente que hicieran lo que yo fuera haciendo.

>>Ellos verificaron el reparto del suelo en pequeñas secciones y se las distribuyeron. No les di lecciones previas de agricultura, porque no creo en la enseñanza teórica, sino como cosa paralela con la práctica y a veces como posterior a ella.

>>Se fue poblando la tierra eriaza y fea de las pequeñas manchas verdes de hortaliza. Había que ver con qué ardor trabajaban mis pequeñitos agricultores, siempre con mi vigilancia, pero sin mi ayuda, para enardecerlos de esfuerzos. No he querido matarles la alegría ingenua de que descubran ellos, de que se sientan menudos creadores…

>>Vino la cosecha. La hizo cada uno por separado en su parcela.

>>Yo envié algunos niños a invitar al Ministro de Educación para que la viera. Y aquí comienzan las numerosas incidencias gratas que han ido levantando la escuelita pobre, creándole el prestigio y la simpatía.

>>Los niños pedían inútilmente una entrevista con el atareado funcionario. Cuando el señor Vasconcelos supo de qué se trataba los hizo pasar, entre el asombro consiguiente de los empleados betabeles (remolachas). Y este hombre, que tiene un ojo tan agudo para mirar lo que en la enseñanza es corteza pintada y muerta y lo que es verdad viva, tuvo una mañana de alegría y comprendió lo que de allí iba a nacer.

>>Yo dejé que cada uno de los niños se fuera al mercado con su liviana cosecha. Volvieron descontentos a contarme que los revendedores les habían pagado muy mal las legumbres, les habían dicho que no les convenía perder tiempo en adquirir lotes tan insignificantes.

>>Dedujeron ellos mismos que necesitaban asociarse y encomendar a uno solo la venta total. Dedujeron, además, que no toda la semilla empleada había sido de buena calidad y que deberían comprarla selecta. El mismo día se fundó la cooperativa para adquirir semilla y se nombró el encargado de la venta. Se crearon también un Banco minúsculo y una Caja de Ahorros.

Las utilidades se distribuirían de este modo: un tercio para el agricultor; un tercio para la adquisición de útiles y otro para la Caja de Ahorros, hasta capitalizar cinco pesos (veinte pesos chilenos), con lo cual adquiría un traje cada uno de los pobrecitos campesinos.

>>Cuando después de tres cosechas varios niños pudieron comprar calzado y ropa, y los efectos de la organización, fueron apreciados por ellos mismos sin necesidad de que se les hiciese una lección sobre el asunto, el entusiasmo fue tal que tuve a mi alrededor un clamoreo de peticiones de tierra y la escuela aumentó su matrícula espléndidamente.

>>Les dije que había que conseguir esa tierra dando a conocer la escuela: irían ellos a cada uno de los periódicos y traerían a los reporteros a ver lo conseguido y no a oír disertaciones interesadas… Se buscaría la ayuda de los Jefes del Ministerio, en ausencia del licenciado Vasconcelos. Se traería aquí a los miembros de las sociedades agronómicas. Les aseguré que todo vendría, desde las herramientas hasta los terrenos. Y es que conozco a mi raza. Sé que todo está en convencerla como la visión directa del bien que se hace y que hay un descontento muy grande hacia la vieja escuela primaria, que se nos hizo retórica y perdió el sentido de la realidad, descontento que sólo espera ver surgir una cosa diferente y verdadera para reemplazar lo que ha fracasado.

Hasta aquí llegó mi primera conversación con el maestro Arturo Oropeza. Ya empezaba la campaña de la prensa. Cada día yo iba leyendo uno y otro artículo y sentía un placer grande por la comprensión de este pueblo hacia el oscuro maestro del arrabal.

II

La dotación de la Escuela-Granja ha sido cosa de dos meses, como lo he dicho.

El coronel Rojas llegó un día en busca de los niños a ofrecerles el terreno colindante: cinco hectáreas casi baldías, donde pastaban unos cuantos caballos.

Fue enorme el asombro de los campesinitos.

Ya no tendrían la parcela de diez metros, que recorrían varias veces en la mañana con su azadón y sus manos…

Pero ahora se necesitan tantos útiles de labranza y tanta semilla, que el Banco Cooperativo iría a la quiebra.

El ministro de Agricultura, señor don Ramón de Negri, vino a sacarlos de la confusión: fue el segundo Rey Mago. Su Ministerio ha entregado a la Escuela Francisco Madero una donación completa de maquinaría agrícola, vacas para un establo que ya se construye, gusanos de seda, colmenas y algunos técnicos que guíen a los niños.

Una visita de los profesores norteamericanos que hacían en este tiempo curso de español en la Universidad de México, significó a la Escuela el pequeño capital para la adquisición de una imprenta. Como todo organismo espiritual, necesitaba éste la palabra múltiple para la propaganda. Empezó a publicarse El niño agricultor. Quincenalmente aparece la publicación de la cual tengo mucha honra de ser colaboradora, y que los chicos vocean en las calles. Toda la vida de la escuela se cuenta allí; las experiencias de los campesinos –como siembran y se cultivan las parcelas, breves y graciosas monografías de plantas, el movimiento de fondos, las visitas que se reciben, hasta los fracasos de los agricultores que riegan mal–.

Está desde el editorial minúsculo hasta la diminuta crónica, escrita por los muchachos. Quise darles un día algunas indicaciones sobre periodismo infantil; pero vi que poco las necesitaban.

Fuera de sus errores de ortografía, ellos saben muy bien lo que deben publicar para que los lectores sigan la vida de la colonia y el tesoro de la simpatía aumente y aumente.

Oí una vez a un orador de doce años explicar a sus compañeros algunas reformas que le parecían necesarias.

Visitábamos la escuela los Maestros Misioneros (profesores de indígenas repartidos por todo el país) y yo, que les había invitado en una sesión de su Congreso, que presidí, a conocer la maravilla que el entusiasmo y la fe de un hombre estaban haciendo en el jirón más desgraciado de su metrópoli. Nos detuvimos a escuchar, y es la verdad que se sacaba más provecho de aquel discurso que de muchos discursos pedagógicos.

Trataba el orador de la Biblioteca en formación.

Me asombra la facilidad extraordinaria de expresión que tiene este pueblo mexicano, desde la niñez. La dicción aventajada a la de cualquier profesor chileno.

Confieso que cuando les hablo me esfuerzo un poco en pronunciar mejor mi español tan chileno… Ha sido mi mayor alegría oír conversar a los pescadores en el lago de Chapala, a los obreros de cerámica en las fábricas de Puebla, y por todas partes, a los campesinos. Y este encanto de su lenguaje tal vez sea una de las cosas que les ha ganado mi corazón tan profundamente.

Porque para mí lo mejor que tiene México en su haber para el futuro, es su masa indígena, esta pasta racial sencillamente maravillosa que son el indio azteca, maya o tolteca.

Vuelvo a la escuela y a mi orador infantil. Hablaba aquel niño sin el énfasis tan común a los escolares que hacen discursos –con la claridad del que conoce muy bien su asunto, y con un acento cordial en el que yo una vez más reconocía la dulzura del pueblo mexicano, la dulzura india que yo he visto en todas las expresiones genuinas de su alma: en las canciones, en el trato de la mujer y del amigo–.

La escuela Francisco I. Madero ha triunfado en meses y se ha impuesto enteramente. Pero lo más importante no es su éxito individual: es el haber dado el tipo de la escuela que el país necesita derramar de Estado en Estado. “Yo quiero, me dice la habilísima colaboradora del maestro Oropeza, señorita Elena Torres, que se haga en torno de la ciudad una especie de cerco de bien, de redención, que vaya del arrabal hacia el centro, limpiando el ambiente moral de la ciudad. Vea usted: en dos meses se ha cerrado cinco pulquerías (lugares de expendio de licores), que infestaban este desgraciado rumbo. Ya tenemos en la escuela un cinematógrafo que atrae a los obreros. Así, lo que estamos haciendo no es sólo enseñar a leer y a escribir, cosa que constituye la labor única a que se creía llamada la escuela primaria, tan mezquina de horizontes generalmente”.

“Como todos los niños del barrio no querrán ser agricultores, me sigue informando, ya hemos formado cursos de pequeños sastres, de tipógrafos y mecanógrafos”.

La labor del hombre humilde que me parece salido del Evangelio, ha sido el grano de mostaza de la parábola.

Sigámosla. Interesado vivamente en que las cooperativas agrícolas se propaguen, educando a todos, a los grandes también, en esta materia descuidada por nuestros países, el Ministro de Hacienda, señor don Adolfo de la Huerta, ha destinado cien mil pesos mexicanos (cuatrocientos mil chilenos) para la formación de un Banco de Crédito, que servirá a todas las escuelas granjas futuras. Hay que mirar con ojos maravillados ese éxito moral y económico.

Y las iniciativas del director Oropeza no se agotan.

Ya tiene en la escuela una sección de peluquería, atendida por los mismos alumnos, y para su propio servicio: ¡venían tan revueltas algunas cabecitas de niños del arroyo!

El parque estaba ya enteramente limpio e higienizado; pero las calles vecinas, el barrio entero, como he dicho, tenía la suciedad de todos los suburbios.

Los escolares empezaron a servir a sus vecinos. Una comisión de ellos se apersonó al Ayuntamiento para solicitar los carros de aseo urbano, y ellos mismos se han encargado de hacerlo en parte, de dirigirlo en otra.

Estos y otros servicios extraordinarios de los alumnos son recompensados con un bono de desayuno.

Ha habido trabajadores exageradamente laboriosos que llegan a ganar tres bonos al día. Se pensó, por esto, en crear una Liga Protectora Infantil para favorecer a los pequeños del barrio que aún no van a la escuela, y que, por lo mismo, no tienen derecho a recibir la ración de alimento matinal. De este modo objetivo y no con discursos, se combate el egoísmo entre los niños.

El jefe de la educación primaria, señor Roberto Medellín, lógicamente ha tenido que mirar con respeto afectuoso la personalidad del que era el último de sus subalternos. Envía semanalmente a la escuela Francisco Madero, un Orfeón Popular, que está formando otro Infantil, y le manda también maestras de declamación para que en el año próximo la extensión primaria, o sea los espectáculos educadores que así llamamos en Chile, sea atendida enteramente por los alumnos. Ya he hablado en otra ocasión a los lectores del cariño que siente el pueblo mexicano por la música, y he dicho que ésta es la raza que canta, no sólo dentro de los Conservatorios, sino derramada por sus campos entre el gozo de los maizales.

Mis dos compañeras chilenas, la escultora Laura Rodig y la maestra normalista Amantina Ruiz, van a la Escuela-Granja a dar clases de dibujo y de gimnasia, y yo en poco más cumpliré a los niños mi promesa de ir a enseñarles algunas canciones de las escuelas chilenas.

¿Qué serán estos niños en diez años más?, ¿qué los diferenciará de los otros formados en las escuelas primarias?

No serán, por cierto, aspirantes a bachilleres, postulantes eternos a empleos, que llenen pasillos de Ministerios, pidiendo con un montón de recomendaciones el puestecito fiscal más mezquinamente remunerado, con tal de ser miseria dorada, pobreza decente. Ni serán tampoco hombres unilaterales, sin la visión de unidad de la vida que caracteriza a los intelectuales; ni pesimistas que se han hinchado de odio y de desaliento por su pequeño fracaso, del cual no tienen la culpa sino sus manos torpes y su mente amodorrada. Serán eso que es para mí lo más grande en medio de las actividades humanas: los hombres de la tierra, sensatos, sobrios y serenos, por el contacto con aquella que es la perenne verdad. Harán una democracia, menos convulsionada y menos discurseadora

que la que nos ha nacido en la América Latina, porque, hay que decir mil veces este lugar común: la pequeña propiedad (que ellos exigirán y que conseguirán en México), aplaca las rebeldías, da dignidad a la vida humana y hace el corazón del hombre propicio a las suavidades del espíritu. La pequeña república agraria que estos niños han creado, les irá revelando el régimen económico y los caminos por donde se busca la prosperidad de un país: no tendrán el odio de la riqueza, que sólo cuaja cuando el hombre no tiene nada que defender ni amar bajo el sol porque sea suyo.

No es que me haya lanzado en un río de fantasías; es que palpo, por primera vez en mi vida, lo que significa la pequeña experiencia de los niños sobre los grandes problemas sociales. He visto la fuerza estupenda que tiene la enseñanza económica cuando se hace carne en los hechos y no se da como palabrería gárrula. Ha habido momentos en que la masa de escolares que trabaja la tierra, por la sensatez que ponía en su trabajo, por las intuiciones que alcanzaba, me ha parecido una República de verdad, y me he sentido embriagada de una fe muy grande.

Suelo decir al maestro Oropeza que hay que felicitarse de la miseria inicial de su colegio, de sus salas desnudas. Porque todo eso lo ha hecho sacar a sus alumnos al Parque, y cambiar el aula techada, por esta aula de Dios que es su cielo mexicano, siempre azul, bajo el cual la lección es más verdad y más belleza, donde la ausencia de la clásica tarima hace al maestro sencillo y espontáneo y la proximidad a la tierra le da vergüenza de gastar diez horas enseñando análisis gramatical.

Sí, mi compañero. Hay que alabar esta vez con San Francisco, a la santa Pobreza, que hace suplir con espíritu los materiales; a la buena Pobreza, que mata la vanidad y da inspiraciones y fervores que usted tal vez no hubiese tenido en un gran colegio con laboratorios y gimnasios. Y hay que alabarle a Ud., como a un caso de milagro entre la masa de los maestros, que se sienten injuriados cuando se les manda a la escuela del suburbio, porque creen que un título más o menos decoroso, es una patente para exigir situa38 ciones espléndidas, y esquivar la fusión con el pueblo, del cual somos.

Aunque su escuela sea laica como todas las del país, deje que yo la sienta el tipo de la escuela cristiana: casi nació en un pesebre; el corro de sus niños descalzos ha debido ser el mismo que tuvo un día Jesús. La escuela nueva que sueñan los obreros es esto que usted está haciendo. No creen ya los trabajadores, y yo les acompaño en este escepticismo, en aquella escuela que les enseñó todas las inutilidades y los lanzó a la vida con las manos torpes para todos los oficios; ellos no aman; no pueden amar, al maestro sin sentido de la vida que les robó la riqueza de la sangre en una sala de clase oscura, y que les mató la alegría de vivir al no ponerlos en contacto con la tierra-madre, de la cual emanan el vigor y todas las excelencias, más que de sus lecciones sin entusiasmo.

Y digo para terminar: ¿no habrá un gran propietario chileno que entregue a un maestro de verdad, cinco hectáreas de suelo en los arrabales de Santiago, para que se haga una escuela de esta índole? Aunque he hecho mal la interrogación: el éxito que cuento empieza en el maestro, y acaba en el rico generoso.[/vc_column_text][laborator_heading title=”Libros de esta autora” sub_title=”en La Pollera”][laborator_products columns=”3″ products_query=”size:6|order_by:date|post_type:,product|tax_query:79″ css=”.vc_custom_1466195201896{margin-top: -40px !important;}”][/vc_column][/vc_row]

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