Adelanto de Poema de Chile de Gabriela Mistral 25/11/2015 – Publicado en: Adelantos, Libros

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Encuentra acá el prólogo de este libro:
“El poema épico de Chile” por Diego del Pozo

Hallazgo

Bajé por espacio y aires
y más aires, descendiendo,
sin llamado y sin llamada
por la fuerza del deseo,
y a más que yo descendía
era mi caer más recto
y era mi gozo más vivo
y mi adivinar más cierto,
y arribo como la flecha
éste mi segundo cuerpo
en el punto en que comienzan
Patria y Madre que me dieron.

¡Tan feliz que hace, la marcha!
Me ataranta lo que veo
lo que miro o adivino
lo que busco y lo que encuentro;
pero como fui tan otra
y tan mudada regreso,
con temor ensayo rutas,
peñascales y repechos,
el nuevo y largo respiro,
los rumores y los ecos.
O fue loca mi partida
o es loco ahora el regreso;
pero ya los pies tocaron
bajíos, cuestas, senderos,
gracia tímida de hierbas
y unos céspedes tan tiernos
que no quisiera doblarlos
ni rematar este sueño
de ir sin forma caminando
la dulce parcela, el reino
que me tuvo sesenta años
y me habita como un eco.

Voy en delgadez de niebla
pero sin embargo llevo
las facciones de mi cara,
lo quebrantado del peso,
intacta la voluntad
pero el rostro medio ciego
y respondo por mi nombre
aunque ya no sea aquélla.

 

 

Encuentro del Ciervo

Iba yo, cruza-cruzando
matorrales, peladeros,
viéndome enojos de quiscos
y escuadrones de hormigueros
cuando saltaron tus ojos,
y saltó tu bulto entero
de un entrevero de helechos,
tu cuello y tu cuerpecillo
en la luz, cual pino nuevo.

Naciste en el palmo último
de los Incas, tú, mi ciervo,
donde empezamos nosotros
y donde se acaban ellos;
y ahora tú me guías
o soy yo la que te llevo
¡qué bien entender tú el alma
y yo acordarme del cuerpo!

Son muy tristes, mi chiquito,
las rutas sin compañero:
parecen largo bostezo,
jugarretas de hombre ebrio.
No las tomes, no las sigas
que son también mataderos.

Bien que te escoges y tomas
quebrada bosque y entreveros.
Preguntadas no responden
al extraviado ni al ciego
y parecen la Canidia
que sólo juega a perdernos.
Pero tú les sabes, sí,
malicias y culebreos…

Vamos caminando juntos
así, en hermanos de cuento,
tú echando sombra de niño,
yo apenas sombra de helecho…

(¡Qué bueno es en soledades
que aparezca un Ángel-ciervo!)

Será porque donceleas
en el escudo chileno
que en viéndome me acudiste
y me llevas o te llevo
y el rumbo nos señalamos
con la alzada de tu cuello.

No quieren las gentes ya
fiarse por los senderos
al volar de unas palomas
o al cuello alzado de un ciervo
aunque un cervato los guíe
mejor que andante embustero.

A ver si andando y quemando
legua y leguas aprendemos,
que el ciervo nace baqueano
en rumbos, sendas y riesgos.

Bien mereces que te aúpe
por lo que tuve de reino
y te muestre a los demiurgos
que con barro y luz te hicieron.
Más que los hombres mereces
correr feliz por los cielos
sin que el espinal te atrape
o que te entreguen los senderos,
tú, Ciervo que has matado
y solo rumias el viento…

Vuélvete, pues, huemulillo,
y no te hagas compañero
de esta mujer que de loca
trueca y yerra los senderos,
porque todo lo ha olvidado,
menos un valle y un pueblo.

El valle lo mientan Elqui
y Montegrande mi dueño.
Aunque lo dejé me tumba
en lo que llaman el pecho,
aunque ya no lleve nombre
ni dé sombra caminando,
no me oigan pasar las huertas
ni me adivinen los pueblos.
¿Cómo me habían de ver
los que duermen en sus cerros
el sueño maravilloso
que me han contado mis muertos?
Yo he de llegar a dormir
pronto de mi sueño mismo
que está doblado de paz,
mucha paz y mucho olvido,
allá donde yo vivía,
donde río y monte hicieron
mi palabra y mi silencio
y Coyote ni Coyota
hielos ni hieles, me dieron.

 

El Ciervo

Primero fue el encuentro
girando y girando como ebrio
en torno a la madre muerta
por los que matan riendo
bautizados animales
que de otra Cierva nacieron.

No pude hacerla vivir,
solo te cargué en mi pecho.

Ay, la bestezuela-duende
que fue en los pasados tiempos
ahijada de matorrales
y duende de los potreros
y que paró en el escudo
su gracia y su devaneo.
Se me entregó como la Gracia,
humo de su resuello,
y su aceceo azorado
me daban en rostro y pecho.

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