Adelanto de Pelota Sudaca de Jerónimo Parada y Andrés Santa María 17/06/2015 – Posted in: Adelantos, Libros

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Argentina: Osmosis rioplatense

Hace cuarenta mil años, el descenso de los océanos permitió la milagrosa aparición del Puente de Beringia, y con ello las primeras comunidades se adentraron en la misteriosa América, una nueva dimensión del mundo que se abría como un libro de secretos listos para ser capturados. Siglos después, en el sur del nuevo mundo y al este de la Cordillera de los Andes, a un lado del Océano Atlántico, apenas corrían 3 minutos de partido un 16 de mayo de 1901, cuando Guillermo Leslie derrotó al meta uruguayo Sardeson y logró el primer gol de la historia de la albiceleste, desatando una revolución absoluta en la esencia misma del pueblo argentino, uno de los tantos herederos del poblamiento americano. Una revolución que por cierto había partido en la mente de Juan Bautista Alberdi en 1852, cuando su frase “gobernar es poblar” obsesionó las mentes de los miembros de la Asamblea Constituyente, quienes consideraron que los ciudadanos del “Primer Mundo” darían un futuro de virtud y prosperidad con su llegada. Pero fue la llegada del pueblo europeo, particularmente desde Italia, la que trastocó furiosamente todos los cimientos de la cultura argentina.

Siglos de historia transcurridos en Europa, y pueblos de distintas naciones se mantenían intranquilos, insatisfechos, hastiados de la explotación, la esclavitud, la inmundicia y la ignorancia de la que eran herederos milenarios, y de ver cómo la historia era escrita por la Aristocracia política y religiosa, incomodada apenas con la aparición de una Burguesía desinteresada de lo que ocurría un poco más allá de sus propias narices. Mientras los patriotas fraguaban las revoluciones que hicieron estallido en Europa durante los siglos 19 y 20, otros decidieron tomar lo poco que los ataba a su tierra natal y viajar al Nuevo Continente. Entre los millones de viajeros que llegaron a América buscando romper con la noción cristiana de destino, destacaban españoles y particularmente italianos, que darían a la Argentina un sello de mestizaje único, en particular a su destino predilecto, la porteña ciudad de Buenos Aires.

El espíritu de obreros venidos de todos los rincones de Italia se tomó las calles de Capital Federal. Los bachichas con desenfrenados gritos plasmaron su entusiasmo en todas las actividades de esta nueva Argentina. Una exquisita osmosis de hablas y costumbres tuvo lugar con la llegada de miles de inmigrantes: se fundaron ghettos, surgieron conventillos donde predominaba la cocina de la gran bota, y se dejaban sentir por vez primera en tierras sudamericanas los intensos aromas de hierbas selváticas como la albahaca, el romero y el tomillo, que emanaban del fragor de ollas repletas de berenjenas, tomates y zuchinis. Un grupo de genoveses había tomado como su Picola Italia el terreno que comprendía la zona de la desembocadura del Riachuelo en el Río de La Plata, al punto de bautizar el que sería uno de sus más populares barrios, alzando la bandera genovesa como República Independiente de La Boca. Pero no todo era pesto, focaccia y discusiones en torno al anarquismo de Malatesta. Los italianos introdujeron también una desmedida pasión que se plasmaba en cada picado que poblaba las calles entusiastas de deportistas en bruto. De aquel barrio, ampliamente transitado por el espíritu itálico y fruto de estos primarios partidos, surgían los dos clubes más grandes de la Argentina, River y Boca, protagonistas del mayor clásico del fútbol mundial, y congregadores de una inmensa pasión en torno a sus colores.

Fruto de toda esta historia, todos los días emanan como murmullos interminables desde cafés, bares y taxis en la capital y el interior de la Argentina palabras dedicadas al fútbol, produciendo una vibración futbolística incuantificable, que a veces a mitad de semana y siempre los fines de semana se transforma en alaridos boyantes o encolerizados, en puteadas de inverosímil creatividad, en pizzas cancheras, en chorizos, en aluviones de birra, como si el cuerpo se abocara por completo a esa devoción que no conoce de sensatez, perdiéndose en senderos salvajes e indeterminados que pueden terminar en ráfagas de éxtasis o en la noche oscura del alma. Pasado el vendaval, ese fin de semana repleto de noventa minutos de primitivo frenesí, cesa el griterío y vuelve el rumor, la conversación se torna más cerebral, las pasiones se aquietan, pero la pelota sigue dominando el pulso de la verborrea argentina hasta que nuevamente es viernes y el ciclo se repite sistemáticamente como el giro de la tierra alrededor del sol, como un rito interminable que pareciera que nunca va a acabar.

Alfredo Di Stefano

De la frescura de la mente francesa, la misma que hizo reírse a Voltaire de Dios en una Europa que parecía pudrirse en los oscuros pantanos que son las estancadas aguas de la seriedad, que había encallado en el putrefacto olor del culto a lo sacrosanto, brotó el inmejorable adjetivo l’omnipresent para definir a Di Stefano. No podía ser más acertado, y solo cobraba vida porque los ingenios de los periodistas que así le bautizaron se habían curtido en la tierra del hombre que a través de su Cándido se burlaba de las ideas de Leibniz. Esta vez, los atributos divinos se bajaban a la humanidad de Alfredo Di Stefano, vinculando de forma inédita la figura del Dios cristiano con la de un futbolista. La famosa frase bíblica de Jeremías podía releerse así: Di Stefano es omnipresente. Está con su ser, saber y poder, donde quiera que exista algo distinto de Él mismo. La ubicuidad de “La Saeta Rubia” no se ejercía en todos los confines del universo, pero una vez de corto, abrochados los botines y sobre el pasto verde delimitado por líneas blancas, desafiaba las problemáticas teológicas, cuestionaba los paradigmas de la física, las teorías del tiempo y del espacio: pateaba un córner y con su testa lo convertía en gol. En el Bernabeu, incrédulos hinchas se deleitaban con el omnipresente que vestido de blanco se alzaba como el primer Dios del fútbol mundial.

El castellano rioplatense, variedad dialectal más característica de muchas de las más grandes urbes de Argentina y Uruguay, siguió fluyendo en el viejo Alfredo, aún tras sesenta años de vida en España. “Sho creo que Cristiano es un fenómeno”, replicaba en su última entrevista antes de morir, con esa mezcla de castellano y la inconfundible influencia italiana. Era imposible olvidar la infancia en Barracas, y esa riqueza multicultural que se armaba entre grupos de alborotados niños hijos de genoveses, cántabros, gallegos y judíos sefardíes, todos con historias siniestras detrás que eran tiernamente adornadas para olvidar los avatares de un pasado con el que no parecían querer conectar. Más de medio siglo en España no pudo borrar ese sentimiento profundamente argentino que la Saeta evocó siempre en su habla impenetrable, ni tampoco sus recuerdos más bellos de la experiencia de 1947, cuando con sus seis goles lideró a la Argentina campeona del entonces llamado Campeonato Sudamericano de Selecciones, máxima gloria que pudo alcanzar en este tipo de competencia, y una razón más para entender por qué Di Stéfano nunca dejó de alucinar desde su ventana con las más hermosas panorámicas del Río de la Plata.

Diego Maradona

Si Dionisio de Alejandría hubiese logrado extirpar el libro del Apocalipsis de la Biblia, no tendríamos un sustento material en donde encontrar la profecía del retorno del elegido. Este obispo sospechaba que el evangelio del fin de los tiempos de Juan era una excusa para situar el reino de Jesús en la Tierra, y con ello, aceptar los placeres de la carne como propios de la Fe. Pero estas páginas sobrevivieron a las luchas doctrinarias, y sus vaticinios fueron ciertos; Diego apareció en la faz de la Tierra entre los siete sellos y las trompetas, como un fulgor celestial que nos señaló el término de una era, en medio de revoluciones armadas, sangrientas masacres, usurpaciones territoriales, armas de destrucción masiva, hambrunas, pestes y todo tipo de brutalidades propias del final del segundo milenio. El 10 trajo consigo una señal: una mano divina probaría su ascendencia, conectándonos con la idea del Edén y con una dimensión de la existencia en la que Constantino habría acertado al hacer de la culpa un culto sagrado.

La metáfora de “Los siete sellos” se materializó en el potrero de “Las Siete Canchitas” de Fiorito, inhóspito incubadero de un artista y mariscal de guerra único en su clase. La pasión del Diego comenzaba a curtirse en cada juego con el balón, el que se mantenía botando en su pie como si de eso dependiera la salvación de la especie. Su devoción tipo Edipo a su madre lo forjó como un Pater Protectum, un vaticinio de aquel justiciero que estaba predestinado a vengar a los mártires de las Malvinas, y erigirse como una deidad viva para sus compatriotas. Maradona parecía como salido de un cuento no escrito, un héroe inimaginado que sintetizaba el caos creativo de los fractales en una realidad futbolística irrepetible y eterna.

Sin embargo, una dimensión paralela de la existencia destruía las conexiones cristianas de Maradona y lo transportaban a otra realidad mística. Sus gestas sobre un campo desafiaron todo intento racional de atrapar la realidad, necesitaron de nuevas palabras para decirse porque provinieron de esa locura que amenaza los límites de lo que se cree seguro. El genio del Diego solo es entendible si lo asociamos a la “libertad del creador”, que se origina a partir de un ser que pone en riesgo lo conocido para inventar nuevos mundos. Con su estilo, Maradona reinventó el lenguaje futbolístico y lo llevó hacia la expresión más hermosa que ha alcanzado este deporte. Lejos de la idea platónica y su identificación con lo bello, el Diego está en el terreno de lo sensible: es un Dios que crea y destruye, amoral, una divinidad dionisíaca que afirma el devenir incluso en su aspecto más terrible. El desenfreno maradoniano, el frenesí de su juego, la divinidad de esa zurda, la contextura de sus piernas, inevitablemente nos llevan a pensar en el origen de Dionisio, cuyo embrión fue incubado en el muslo de Zeus luego de que este hubo carbonizado a su Madre, la mortal Hera. Poseído por sus raíces divinas, que brotaron de los inexplicables orígenes de su genio, los dioses paganos que inspiraron los cultos de todos los rincones del planeta, observaron sonrientes el frenesí de su futurista reflejo y, entre ellos, Apolo y Dionisio, proclaman eternamente su ascendencia en el 10, esperando el momento en que su recuerdo deje el mundo terrenal y se encuentre con su simbólica inmortalidad.

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