Adelanto de Incompetentes de Constanza Gutiérrez 11/11/2014 – Publicado en: Adelantos, Libros

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I

Hace tiempo que ninguna mamá viene a dejarnos comida. Olvidé el sabor de la leche de vaca, la leche de soya, el queso y la mantequilla de maní. Las cosas más ricas se acabaron los primeros días y ya no sabemos de frascos de Nutella, ni de alcaparras o de Chips Ahoy! Ahora solo conocemos los tallarines con salsa de sobre, el Nescafé, el té que, más que en hebras, viene en polvo, y esas gigantescas e inacabables bolsas de galletas de salvado que no puedes comer sin sentir que estás en el desierto de Atacama.

Ya casi no me llega la regla, es como si la regla adivinara que no me quedan tampones. Me sale un líquido espeso, apenas un coágulo, y no es difícil lavar los calzones, incluso sin detergente, en el baño del pabellón de más atrás. Lo difícil es dejarlos secando y que nadie me los saque. Con la Sara hacemos turnos para cuidar nuestros calzones: junto al cordel, sentadas en una silla, escribimos en las hojas del último cuaderno que nos queda. A veces no hay nada que hacer, entonces los vigilamos juntas. Frente a frente, en unos bancos de colegio, fumamos un cigarro mirándonos fijo, sin decir nada, recibiendo las gotitas de agua que caen de esos calzones que estilan.

II

A escondidas, los demás nos llamaban los pirómanos. A la Sara la echaron del San Andrés por incendiar el laboratorio de química, y a José del Bautista por quemar una palmera del patio. A Matías el nombre le caía porque sí nomás: había sido descubierto fumando -aunque esa era solo la gota que rebasaba su vaso- en el baño del colegio. La débil llama del encendedor bastaba para incluirlo.

Nos encontramos en octavo básico, tres años antes, en ese colegio que recibía a todos los expulsados de la ciudad. Alguna vez había sido la gigantesca casa de una familia con plata, pero ahora era uno de esos colegios particulares, más baratos que los otros, que aparecen y desaparecen, cual con nombre más feo. Entrábamos por el estacionamiento y nuestra sala de clases era lo que alguna vez fue el living, pero pronto nos alejaron de esa sala y su chimenea. Ahora dormíamos en el pabellón de atrás, una edificación horrenda, prefabricada y a todas luces armada a la rápida. En la noche nos moríamos de frío. Así fue como empezamos a hacer las fogatas.

III

Antes de venir aquí, la Sara tenía un insectario. Varios, en realidad. Antes de morir, y durante toda su infancia, su abuelo le había enseñado todo lo que pudo sobre entomología, así que si te invitaba a su casa, cosa rara, y entrabas a su pieza, podías ver en las paredes color crema la evolución de su trabajo. Desde esos primeros cuadros repletos de escarabajos y arañas comunes, pasando por los insectarios repletos de abejas y saltamontes, hasta llegar a un escorpión. Uno solo, su trofeo.

A veces parecía que no pensaba en otra cosa que en los insectos, y tenía una teoría basada en el comportamiento de éstos para cada uno de nuestros problemas, pero desde hace un tiempo ni entra al laboratorio. Dice que ya no queda ni alcohol, que no tiene sentido. Su único placer ahora es hacer de fumigadora de nuestras salas. Conoce el secreto para espantar a cualquier bicho: menta para los zancudos, ajo para las pulgas, manzanilla para los mosquitos. Hoy le pedimos que espantara a las pulgas, pero parece que ya ni ajo queda. Fuimos a la bodega, al final del patio, y encontramos aguarrás escondida tras unas maderas.

—¿Servirá esto? —le dije, agitando la botella.

—Obvio que sí, esa hueá debe ser lo suficientemente tóxica como para espantar a cualquier cosa.

IV

Al perro negro que entró por la reja rota de atrás le pusimos Opa. En realidad, no sabemos qué tan viejo es, pero su bigotillo está repleto de pelos grises. Lo dejo lengüetearme la mano cuando estoy por quedarme dormida, y a veces también la cara. Por las mañanas comparto con él la masita de harina y aceite que desayunamos todos aquí y le sirvo agua en un pocillo para que me acompañe mientras tomo té. Luego estamos listos para hacer el recorrido matutino: revisar el candado de los dos portones, esperando que nadie haya intentado forzarlos; manguerear ciertas esquinas hediondas a meado de gato, reponer el agua de las botellas cortadas que tenemos para los pajaritos y a veces, si me toca, limpiar el baño. Solo entonces podemos sentarnos a escribir, o a leer. Yo en la sombra y el Opa al sol.

V

Durante meses tuvimos una guitarra de palo, aunque ya nadie recordaba cómo afinarla; tocábamos las canciones en la clave que se nos ocurría. Luego hubo una pelea entre el Matías y el Chaufa y uno de los dos, los rumores no se ponen de acuerdo, la azotó contra la cabeza del otro, dejándonos sin guitarra. Entonces no pudimos cantar más en la fogata nocturna y empezamos a contarnos historias. Primero, cuando los recuerdos estaban mucho más frescos, nos burlábamos de algunos ex compañeros, profes y, principalmente, de la directora del colegio. ¿Dónde estaría ahora? Esperábamos que, donde fuese, estuviera mal. Se llamaba Eugenia y era la mujer más ridícula que habíamos visto. Siempre contando terribles historias de su vida, autoproclamándose ejemplo de valor cuando no había hecho nada nada impresionante para alguien con semejante mala suerte. De todas maneras, sospechábamos, esa que nos contaba nunca había sido su vida: seguro era una teleserie que vio antes de que nosotros naciéramos.

Alguien la encontró en Facebook, antes de que nos cortaran Internet, y su cuenta no había sido actualizada en meses. Imprimimos sus fotos en bikini y las pegamos por toda la casa.

VI

La casa estaba en el extremo poniente del terreno y los pabellones de salas construidos después, en el oriente, junto al casino. Entremedio, y hacia el norte, los baños y, en el sur solo la pandereta. Ahí estaba el patio grande con sus bancos, y ese era el lugar en el que más tiempo pasábamos. Ahí hacíamos la fogata y ahí nos tendíamos de día, en el poco pasto que quedaba.

Puse la casa del Opa justo entre un escaño y la pared. La hizo el Matías, después de observarme al menos dos horas, desde el banco del frente, batallar con el martillo y la madera. No dijo “Te voy a ayudar” o “¿Quieres que te ayude?”, solo se acercó, se puso el cigarro en la boca de nuevo y tomó el serrucho sin preguntarme.

—Sujétame esto, esta tabla está muy larga.

Me senté sobre el caballete y afirmé el tablón. Cortó, concentrado, y luego clavó lo que hubiese que clavar.

—Tienes que ponerle zinc al techo, pero eso lo hacemos mañana.

Prendió otro cigarro y se alejó en silencio, tal como se había acercado, dejándome estúpida, mucho más que entusiasmada.

VII

Escuchamos sirenas toda la noche. Según el José, tiene que ver con los otros colegios. Dice que es obvio que hay alumnos incendiando sus edificios y que los adultos ya no saben qué hacer, pero los demás no estamos seguros. No hay cómo saber, en realidad, porque hace tiempo que no nos llaman de otros colegios. Quizás es culpa nuestra. Fuimos nosotros los que dejamos de ir a las asambleas, pero es que tampoco hacía mucha diferencia. Los colegios para echados no son considerados por nadie, no pudimos opinar ni una sola vez. Hasta hace poco, todavía teníamos reuniones internas, dirigidas por el Chaufa, un cabro moreno, de ojos achinados, que estaba en cuarto medio. Cuando el Chaufa perdió el interés, también lo perdimos nosotros.

Nos escondimos bajo las frazadas, como si sirviera de algo, y la Sara estuvo cantando y tarareando canciones antiguas hasta muy tarde, intentando que el Opa dejara de llorar. Tiene todo un repertorio de Frank Sinatra que no sé dónde aprendió.

VIII

Las diosas del Olimpo, Paula, Daniela y Camila, estaban en el colegio desde mucho antes de que quebrara y tuviese que recibir a porros expulsados como yo. La Sara les puso así un día en que pidieron voluntarios para organizar el paseo de fin de año y ellas se acapararon toda la responsabilidad.

—Ustedes no. Se les va a olvidar, no van a hacer nada al final —dijo la Paula, ni siquiera a modo de disculpa. Nos indignamos.

Las diosas del Olimpo escuchaban las clases en silencio y tomando apuntes, siempre estaban dispuestas a ayudar en todo y sus notas reflejaban horas de estudio y concentración. No eran tan antipáticas en realidad, más de una vez me explicaron matemáticas, pero en el fondo nos odiaban. No comprendían nuestro desinterés, lo insignificante que nos parecía el futuro. Las enfurecía que, si el fin último del colegio es salir de él, nosotras íbamos a lograrlo con mucho menos esfuerzo. Se consolaban con la idea de un triunfo post escolar, con la fantasía de ser nuestras patronas algún día, pero nosotras no esperábamos vivir tanto como para que eso ocurriera.

Ahora, sin clases, tampoco nos hacían caso, pero estaban aquí. No eran tan distintas a nosotras, después de todo. Pasaban las noches jugando ajedrez y haciéndose trenzas la una a la otra, y estábamos seguros de que guardaban más comida de la que decían, pero no teníamos cómo probarlo.

Aunque no quisieran admitirlo, era Paula la que dirigía al trío. Era ruda, así que le pusimos Atenea. Les tenía prohibido trocar cosas a las otras dos, pero yo sabía que a la Daniela -a la que bautizamos como Afrodita en honor a su infinito entusiasmo por el sexo opuesto- se le podía pedir cualquier cosa a cambio de un chocolate. Una pequeña debilidad que noté en un recreo, hacía muchos meses, y que jamás pensé utilizaría para algo serio alguna vez. Así consigo confort, y también uno que otro cigarro. Lástima que las diosas del Olimpo sean tan buenas: daría mi brazo derecho por alguna droga mejor.

IX

Durante un tiempo estuvimos muy preocupados por la preparación de los alimentos. Se organizaban grupos escogiendo a los integrantes según su destreza: ninguno podía tener dos diestros pela papas mientras hubiese otra tropa donde nadie supiese usar el cuchillo. Ahora que todo consiste en tirar tallarines a una olla de agua hirviendo, cada vez tenemos más tiempo libre y menos interés por comer. Flacos, flacos, apenas entrenamos los dientes mordiéndonos los unos a los otros, limando en la carne de nuestros compañeros los serruchitos infantiles que alguna vez fueron nuestras paletas.

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